—Tampoco, niño atolondrado, acentuó el viejo. El poder de un marido no llega a tanto. El de un amante, talvez... Pero a Luisa, no sé que nadie pueda hacerla cometer un disparate, ni aun el jeneral Castilla. Me imajino que no ha de haber sobre la tierra quien pueda conseguir que una muchacha que no es torpe se someta a semejante exijencia. ¿Verdad, amigo Llorente?...

—I mui amarga, dijo éste, con desesperacion. Yo he agotado mis recursos. No sé mas... He puesto a prueba su amor con mi indiferencia, con mi terquedad. He hablado a su corazon, que me pertenece. Le he demostrado nuestro interes, nuestra conveniencia recíproca en el porvenir. Nada... No puedo dominar su alta intelijencia ni su altivo corazon. Sus ideas, sus convicciones, hijas de una educacion especial, son inquebrantables...

—Pero no habrán triunfado de tí, lo espero, interrumpió Roberto. Dejémosla con su madre, que abandone a su novio i sus hermanos, que falte a su compromiso, no importa. Tú puedes cumplir con mi padre...

—No sé como, dijo secamente don Pedro.

—Casándote con Ana, que tambien te ama.

—¡Saltó la liebre¡, esclamó don Sebastian. Sí, es cuestion de quedar siempre en la familia, no importa el cómo. No se trata de casar con Luisa por amor, i tú supones, Roberto, que para el caballero de Llorente es lo mismo la una que la otra. ¿Tiene el señor algo del leon, que espresa con la misma cara i el mismo visaje tanto la rabia como el contento?...

Llorente sintió bochornos en su cara, i visiblemente turbado, dijo sin mirar a nadie.

—Amo a Luisa i no podré vivir sin ella. La amo mucho mas ahora, que la estimo mas, ahora que la admiro, i que he aprendido a venerar su virtud...

Roberto se indignó i preguntóle con violencia.