—¿Ya te has resuelto a obedecer su capricho, a quedarte con ella?...

—No lo sé, contestó el otro.

—¡Perdon! le dijo don Sebastian, estrechándole la mano, perdon, amigo. Reconozco al hombre de corazon, respeto al caballero.

—Soi digno de su amistad, don Sebastian; i tú Roberto, no debes precipitarte: tenemos tiempo para resolver lo que mas convenga.

—Veo, dijo éste, que cambias de modo de ver en tus cosas, i con mucha prontitud. Esta mañana considerabas urjente nuestra partida, porque temias que llegara la mujer de mi padre...

—Tu madre, dirás, le interrumpió don Sebastian.

—No temia eso, agregó Llorente. Tenia esperanza de reducir a Luisa hoi mismo, para partir mañana.

—¿I lo esperas todavía? interrogó Roberto.

—Talvez. Hai situaciones que exijen calma, i nosotros nos encontramos en la necesidad de tenerla.