X.
En ese momento entraba al salon el doctor Agüero, i a la vez Roberto se echaba como desesperado en un sillon, ocultando su rostro en sus dos manos. Llorente dió un lento paseo con su cabeza inclinada, sin fijarse en el doctor, que hablaba en voz baja con su padre. Este con la cabeza hácia atras, arrugando las narices i señalando los dientes, decia a su hijo, a medida que le hablaba.
—¡Bien! Te has portado mui bien; ¡perfectamente!...
Llorente, volviéndose a Roberto, esclamó: Pero hai un medio, que puede aprovecharnos maravillosamente; un arbitrio en el cual no habíamos pensado.
I ámbos comenzaron a hablar en secreto. Entre tanto don Sebastian decia a media voz.
—Todo va bien. Estos están llenos de dificultades para su viaje, i sospecho que el español se quedará al fin con Ana. Lo que es a Luisa, no la pescas.
—Ana no es como Luisa, balbuceó el jóven Agüero.
A lo cual el padre contestó, encojiéndose de hombros.—Si no te gusta la rubia, no seré yo quien te haga fuerza.—I dirijiendo la palabra al español, le preguntó de que plan hablaba. Este decia a la sazon:
—No te equivoques, Roberto: tu hermana tiene ese bello ideal i no renunciará a realizarlo. Quiere conocer a su madre, i yo como su esposo no puedo contrariar su voluntad, que es justa. Démosle gusto, para que se desengañe ... i agregó contestando a don Sebastian con otra pregunta.
—¿No es verdad que usted se prestaria para acompañar a Luisa a ver a su madre? Porque yo decia ahora a Roberto que en estas circunstancias nos conviene complacer a Luisa, haciéndola ir a Lambayeque para que conozca a doña Rosalia. Despues que haya satisfecho su anhelo, volverá mas tranquila, i probablemente desengañada de sus ilusiones... En tal caso podremos verificar nuestro matrimonio, i Luisa no se resistirá a seguimos a Inglaterra.