—Bien pensado, dijo don Sebastian. El plan es racional i si lo aprueba Roberto, yo estoi dispuesto a acompañar a Luisa en el vapor que partirá mañana, i que debia llevarlos a ustedes a Panamá.

—Entre tanto, añadió Llorente, tu podrás Roberto, arreglar aquí tu representacion. El señor Agüero, que es abogado, tendrá la bondad de decirnos qué se ha de hacer para obtener que el juez te nombre un curador.

—Poca cosa, dijo el doctor. Bastaria presentar las partidas de bautismo i una constancia de la muerte del señor Greene.

—Basta entónces presentar el testamento, en el cual consta nuestra edad, i ademas lleva, en las dilijencias de comprobacion, la fé de muerte, esclamó Roberto.

—En hora buena, agregó el doctor, presentaremos el testamento del señor Greene, i con él probaremos ademas que los tres son hijos de doña Rosalia.

—¡Caspita! gritó Roberto. En tal caso buscaremos las partidas de bautismo i guardaremos el testamento.

—I como de esas partidas de bautismo, dijo riendo a carcajadas don Sebastian, ha de constar lo mismo, te luces, querido. ¿A dónde irás, pobre cabezudo, que no te encuentres con documentos que prueben que eres hijo de la madre que repudias?...

—En tal caso me iré sin dejar representante.

—Sin embargo, observó el doctor, hai todavía otros medios...

—No seria Ud. abogado si le faltaran medios, esclamó con cortesía Llorente.