El doctor continuó:
—Se puede ofrecer una informacion de testigos que den fé de la menor edad de Ud. i de Ana, de la muerte del padre, i de que ámbos no tienen madre conocida.
—Perfectamente, esclamó don Sebastian, i Roberto repitió la palabra. Pero aquel agregó:
—I como del testamento resulta que Luisa es hija de la esposa de Greene, a la cual reconoce, ama i venera la muchacha, probando con buenos testigos que Roberto i Ana no tienen madre conocida, por que no son hijos de la esposa de su padre, tendremos que mi escelente amigo Llorente, como marido de la hija lejítima, se saca la lotería, es decir, arrastra con un milloncejo algo largo de pesos, i los deja a ustedes tocando tabletas. ¡Bravo! ¡Justo castigo de la imbecilidad!
Roberto dió varios pasos atras, como asustado, i abriendo los ojos preguntó:
—¿De qué nos sirve entónces dejar aquí un curador?
Don Sebastian respondió:
—Pues es claro! Para darte el placer de comprobar que tú i Ana no son hijos de su madre. ¿No es esa tu aspiracion? Pues realízala a costa de tu fortuna. Reniega a tu madre, que mas te vale ser hijo adúltero que serlo de una negra, la cual sin embargo es mas digna de respeto que tú, i mas señora que la gorra de Pilatos!
—Esto es grave, dijo Llorente. Hablemos seriamente, i llamemos a Luisa, debemos oir su parecer.
—Entren ustedes, señoritas, esclamó don Sebastian. Ya lo han escuchado todo desde la puerta. Venga Anita i díganos si quiere lo que su buen hermano Roberto quiere para sí.