Ambas niñas entraron, Luisa con aire severo i resuelto, Ana cabizbaja i sonriendo de despecho. Aquella dirijiéndose a Llorente, desde su entrada, decia con firmeza:

—Mi parecer, lo conoces tú. Mi resolucion está tomada, nadie la desconoce. Pero tú que aconsejas a mis hermanos, deberias resolver las dificultades en que los colocas... Con todo, se deberia tener en cuenta, i ustedes me permitirán decirlo bien alto, que si hai en esta familia, en el momento presente, una cabeza, no es mi hermano menor, ni mucho ménos Anita, que no sabe lo que hace...

—¡Bien dicho! interrumpió don Sebastian. Hace tiempo que debieras, Luisa, haber reclamado tu puesto. ¡Tú tienes el deber i el derecho de dirijir a tus hermanos!

—No lo hacia, acentuó aquella, porque Pedro tenia la direccion. Pero hoi es otra cosa. El me abandona, deja de ser mi novio, i yo le absuelvo de sus compromisos. Hoi no es sino el amigo, que podria aconsejarnos bien a todos, pero no dirijir a mis hermanos.

Todos quedaron en silencio, como sobrecojidos por la actitud de Luisa. Llorente reclinó su cabeza sobre la mano izquierda, mirando al suelo.

Pero Roberto, que se balanceaba, como dudando rompió el silencio con cierta altanería, i el diálogo continuó precipitado i ardiente, mas o ménos en esta forma:

XI.

Roberto. Tambien mi partido está tomado. Me vuelvo a Inglaterra con Pedro, sin dejar representacion, que Luisa haga lo que quiera, ya que es libre.

Ana. Yo te sigo, Roberto. No me quedo con Luisa, si ella quiere tener una madre que no puede ser la mia...

D. Seb. Pero reflexionad que vosotros no sois dueños de hacer vuestra voluntad, i que no debeis seguir al señor Llorente, quien no es ya nada para vosotros, i que mañana u otro dia puede dejaros para siempre.