Rob. (insistiendo). Mas es nuestro amigo, i no nos abandonará...
D. Seb. I entre tanto vosotros abandonais a vuestra hermana, renegais a vuestra madre, por un amigo. ¿No ves, Roberto, que esto es sencillamente un absurdo?
Luisa. Es sencillamente el capricho de un niño, que no sabe lo que dice. Tú, Roberto, no puedes resolver, tú no puedes disponer de tu persona, ni hai amigo alguno que pueda separarte de mí; ni a tí, ni a Ana. Desconocereis a mi madre si quereis, pero estareis a mi lado, porque tengo la responsabilidad de vuestro cuidado.
Llor. No vamos tan allá. Si todo estaba ya arreglado, ¿por qué ir a tales estremos? ¿Por qué entrar en estas disputas de autoridad? Dime, Luisa, ¿consientes en ir con don Sebastian a abrazar a tu madre, a pedirle que bendiga nuestra union, para volver despues a Lima, donde celebraremos nuestro matrimonio?
Luisa. Pregunta escusada, desde que reanudas nuestro compromiso, consintiendo en que yo reconozca a mi madre. Mas quisiera saber si persistes aun en ponerme condiciones para despues de nuestro matrimonio...
Llor. Satisfecho tu deseo, nos volveremos a Europa, i tú no volverás a ver tu madre, eso es todo.
(D. Sebastian sale, sin ser visto.)
Luisa (con superioridad). ¿De ese modo piensas conciliar mis deberes de hija con los de esposa, i con el capricho de mis hermanos? Nos iremos, ellos renegando de su madre, sin reconocerla; i yo abandonándola en su enfermiza ancianidad, ¿no es eso? ¿Crées digna de tu esposa semejante conducta?
Llor. (vacilando) No pretendo imponerte nada que sea indigno... Si quieres quedar al lado de tu madre... Si no quieres seguir a tu marido... Pero dejemos eso para meditarlo despues. Vé i entre tanto deliberaremos...
Ague. (aparte) ¿A donde habrá ido mi padre?... ¿Creerá llegado el momento?