Rob. (a Ana). Veo que Pedro quiere abandonarnos, hermana mia. ¿Qué vamos a hacer?...

Ana. No sé, sino que me espanta la idea de confesarme hija de una negra.

Llor. No tienes, Roberto, por qué decir eso: yo no te abandono. Cumplo con tu padre, al resolverme a tomar a Luisa como mi mujer. Yo no puedo iniciar con un choque brutal mi matrimonio con ese ánjel, que amo tanto, que admiro...

(Luisa se enjuga las lágrimas.)

Ague. (aparte a Luisa). Reciba, Luisa, mis sinceras felicitaciones por el triunfo de su virtud. Aplaudo su union i me conformo con ser el mas respetuoso de sus amigos...

(Luisa le estrecha la mano.)

Rob. ¿Sabes que no te entiendo, Pedro? Estás resuelto a complacer a Luisa, que quiere lo que nosotros no queremos; i sin embargo aseguras que no nos abandonas... El resultado será que tú i ella tendrán una madre que nosotros no podemos tener, i que Ana i yo quedaremos solos...

Llor. Siempre tendrán tú i Ana una madre en Luisa, i en mí a vuestro padre. No quedareis solos, ni os haremos violencia para que acepteis una madre que repudiais... Esta ignorará siempre vuestro proceder, i es necesario que lo ignore para no morir de dolor...

Ana. Mas creo que no podremos permanecer aquí, ni estar al lado de Luisa, sin reconocerla... ¡Qué haremos; Dios mio!...

Rob. Sí... ¡qué haremos! Dílo tú, Pedro, tú que ya eres el jefe de nuestra familia...