D. Seb. (volviendo, i desde la puerta del fondo). ¡No es cierto, querido, no lo es!... Aquí no hai otro jefe de vuestra familia que la señora doña Rosalia, que está presente... Luisa, abraza a tu madre...
(Sorpresa jeneral.—Dos sirvientes introducen a Rosalia, vestida de negro i con un velo espeso que le cubre el rostro, sentada en un sillon, que colocan en la penumbra de la lámpara.)
Luisa (precipitándose a abrazar a Rosalia, cae de rodillas a sus piés). ¡Madre, madre mia!...
D.ª Ros. ¡Mi Luisa!...
Llor. (que ha seguido a Luisa, colocándose al lado del sillon). I su esposo, señora, si me la concedeis...
D.ª Ros. Su padre te la dió... Es tuya (alzando a Luisa i entregándola a Llorente, que la recibe en sus brazos). ¡Pero a dónde está Roberto! ¡Cuál es mi Ana! ¡Por qué no vienen!
D. Seb. (que ha estado instando a Roberto i Ana, los empuja hácia el sillon). ¡Que Dios mueva vuestros corazones empedernidos! ¡Vamos, un momento de jenerosidad con la pobre madre!
Rob. i Ana (miéntras dice don Sebastian estas últimas palabras, corren a arrodillarse a los piés de Rosalia, esclamando:) ¡Perdon, perdon, madre mia!...