Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i don García se dirije a su secretario:
—¿A quién interrogarás primero, don Miguel?
—A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado i necesitó defenderse como hombre i como caballero.
—Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.
—El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.
—Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i Anjelina no miente.
—Anjelina es una mujer liviana, señor.
—Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.
—Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha, señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...
Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador, estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las indagaciones.