Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus culpas con fervor.

Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado para esperar la terminacion del acto sagrado.

Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo, besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus ojos humildemente cerrados.

El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de su capa un golpe en la cara, esclamó:

—¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!

El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:

—¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....

El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i de dolor.....

Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al prelado, i con voz trémula i balbuciente,—perdon, padre mio, le dice, este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo lavar mi afrenta sino con mi espada.