—Para quién la pedís, hermosa señora, le dice don Alonso, alzándola del suelo cortesmente; i súbito se interpone el caballero de Rojas, quien, reprimiendo la cólera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:
—¡La pide, señor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi hijo!....
El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos momentos.
El gobernador promete que se hará justicia segun la lei del rei i la de Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una ocasion tan solemne.
El anciano Rojas se retiró llevándose a su hija i los regocijos públicos siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.
Luego que terminó la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa de Anjelina i movia su ánimo en favor del valeroso alferez, que aun permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa incomunicacion en que permaneció los seis meses que el gobernador don García habia mantenido las guardias que estableció en el convento.
Fué tanto el empeño que el secretario puso por conseguir la libertad de Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometió que pasado algun tiempo le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde él venia dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a su lado muchas veces con heroismo.
—¡No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede servir a la causa del rei i de la relijion!
El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de él pasaba, i sólo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos brillar con lágrimas de dolor. Otras veces empuñaba su espada, la miraba con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun triunfo.