En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol poniéndose apénas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le presentó.

—Dios os guarde, Alonso, amigo.

—El os guarde, don Juan. ¿Habeis avanzado algo?

—Está todo perdido.

—¿Qué habeis hecho? ¡Decidme!

—Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doña Ines, i conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matásteis al hermano, me determiné a pedir su mano a don Francisco.

—Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doña Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doña Ines habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.

—¡Qué demonio! Si se me presentó ocasion, ¡cómo no habia de aprovecharla! Esta mañana visité a don Francisco; despues de cierto acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablaré, halléle determinado a encerrar a doña Ines en un monasterio i aun tomó allí mismo algunas providencias para verificarlo. Habléle sumisamente i díjele que yo admitia a doña Ines por esposa, si él nos otorgaba su venia; pero me dió una negativa tan furiosa i terminante que no poco pesar me costó reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede unirse a un canalla, a un perro que desciende de judíos. Mi respuesta se la dí pronto estampándole mi manopla en un carrillo, i el duelo quedó emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.

—¡Qué habeis hecho, don Juan!......

—Lo dicho: i vos tendreis que acompañarme al sitio, porque no tengo otro amigo que vos.