—Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a quien tanto debo.

—Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi lado.

—Reflexionad, don Juan, Ines me ama a mí, al matador de su hermano; su anciano padre es desgraciado por mí.... ¿Deberé yo ausiliar a su contrario?....

—Ya os dije que así sea: no estoi ahora para responder a los argumentos del miedo. Vos me precipitásteis en esto, i yo os perdono aunque me abandoneis, así como perdonaba a doña Ines el que os amase.

—Eso ménos, don Juan, mi pecho no conoció jamas el miedo, i de mí no se dirá que abandoné a un amigo en el peligro. ¡Fuerte es la prueba que voi a daros, pero os la daré. ¡Vive Dios!....

Escandecióse el rostro del jóven i don Juan le estrechó la mano, separándose de él i asegurándole que en su casa le aguardaba.

Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles, dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota de un añejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomías i retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto, tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jóven de regular estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba; ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida boca; está con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla, enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.

La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en un caos insondable i espantoso.

Son las diez: los dos alféreces se levantan, apuran el último trago que les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los regocijos de aquel dia.

Llegaron ámbos a un sitio próximo a la ribera del arroyo i allí se pararon: Alonso propuso a su compañero que se pusiera cada uno su pañuelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera ofrecerse, a causa de la oscuridad, i así lo hicieron.