Así hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber vino, no hubiera esclamado:
—¡Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!
Luego murió, i el gobernador pasó la noche en vela, preparándose para hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.
IV.
El cadalso está preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los alrededores. El dia se avanza i el reo todavía no parece.
El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando el resultado de la tercera i última intimacion que habia hecho a frai Francisco de Otárola, provincial de la órden seráfica, para que entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del provincial.
El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo. Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar, penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada; pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no volverá a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su asilo.
En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en mano, quiere él solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del claustro; i miéntras que su comunidad resiste humildemente en la puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale las tapias del jardin i salte a la calle.
Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesiástica, tan consagrada por las leyes de entónces, i se retira confiado en la promesa que le hacen los franciscanos de que el reo será enjuiciado por sus trámites i segun los fueros de la Iglesia.
Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos le son desconocidos: vaga, largo rato cautelándose, sin encontrar a nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban entornadas. Una mujer cae exánime gritando ¡el asesino! i otra cubierta de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....