—¡I mi padre, mi anciano padre! interrumpió doña Ines.

—¡Yo no he muerto a vuestro padre: el honor, un compromiso me arrastró a ser testigo de su duelo, que ojalá jamas lo hubiera sido! Allí encontré a un hombre, un hombre con quien debia batirme tambien, sin saber quién era; le dí la muerte batallando lealmente, ¡pero ese hombre, doña Ines, era mi hermano, mi protector!... el amigo que me habia favorecido sin conocerme... ¿Quereis mayor espiacion? ¿No es este un castigo de Dios? ¡Mil vidas daria por volverle la que le quité!... ¡¡el cadalso es poca afrenta, no es castigo para mí!!... yo merezco mas... yo no debí huir... ¡¡Aquí, aquí, estoi!!...

I diciendo esto quiso correr hácia la puerta i cayó sin sentido...

V.

Son las diez de la noche: la ciudad está en silencio i sus calles desiertas.

Tres mujeres se ven atravesar con paso ajitado i sin hacer ruido alguno. Pasan el arroyo que separa a San Francisco de la vereda del sur.

Al llegar a cierto paraje, donde se encuentran algunos avellanos silvestres que se empinan jigantescos, robustos e inmobiles, una de ellas se arroja de rodillas a los piés de una de las otras.

—Aquí es, doña Ines, la dice, ¡¡donde debeis darme vuestro perdon!!...

Doña Ines la levanta i sollozando le responde: ¡Dios te perdone!...

En aquel sitio habian caido la noche anterior don Francisco de Rojas, don Juan de Silva i don Miguel de Erauso.