—¡Cárlos, Cárlos! ¿Eres tú?
—Sí, Rosa mia, yo que vuelvo a verte, ¡a unirme a tí para siempre!
—¡Para siempre! ¿No es una ilusion?
—Nó: hoi que vuelvo trayendo la libertad para mi patria i un corazon para tí, alma mia, tu padre se apiadará de nosotros: yo le serviré de apoyo para ante el gobierno independiente, i él me considerará como un marido digno de su hija...
—¡Ah! no te engañes, Cárlos; ¡que tu engaño es cruel! Mi padre es pertinaz, te aborrece porque defiendes la independencia, tus triunfos le desesperan de rabia...
—Yo le venceré, si tú me amas; prométeme fidelidad, i podré reducirle...
—Espera un instante, ¡que en ese sitio estás en peligro!
El diálogo cesó. Despues de un tardío silencio, se ve entrar al caballero del manto por una puerta escusada del edificio, la cual tras él volvió a cerrarse.
Pero la calle no queda sin movimiento; a poco rato se vislumbra un embozado que sale con tiento de la casa, desaparece veloz, i luego vuelve con fuerza armada, i ocupa las avenidas del edificio: voces confusas de alarma, de súplica, ruido de armas, varios pistoletazos en lo interior, turban por algunos momentos el silencio de la ciudad.
Una brisa fresca del sur habia despejado la atmósfera, las estrellas brillaban en todo su esplendor i la luna aparecia coronando las empinadas cumbres de los Andes; su luz, amortiguada i rojiza, contrastaba con la oscura sombra de las montañas i les daba apariencias jigantescas i siniestras.