—No se fije usted en esta loca, yo he sido quien ha prestado al Rei ese servicio, yo hice aprehender aquí, en mi casa, a ese insurjente que me traia inquieta a Rosa de mucho tiempo atras; ¡qué quiere usted! ¡casi se criaron juntos! La frecuencia del trato, ¿eh?... El muchacho se inquietó con los insurjentes, yo le arrojé de mi presencia i ¡hoi ha vuelto a hacer de las suyas!
Despues de algunos momentos, merced a los ausilios de la marquesa, Rosa vuelve en sí: sus hermosos ojos humedecidos, su color enrojecido, sus lábios trémulos, su cabellera desarreglada, sus vestidos alterados, todo retrata el dolor acerbo que desgarra su corazon: es un ánjel que llora, que pide compasion i que solo obtiene por respuesta una sonrisa fria, satánica....
—¡Padre mio, dice arrodillada a los piés del marques, yo juro no unirme jamas a Cárlos, pero que él viva!... Un sollozo ahoga su voz.
—Que él muera, replica el anciano friamente, porque es traidor a su Rei.
—¿No os he dado gusto, padre mio? ¿No me he sacrificado hasta ahora por respetaros? Me sacrificaré mas todavía, si es posible, pero ¡que él viva!
—¡Vivirá i será tu esposo, si reniega de esa causa maldita de Dios que ha abrazado, si vuelve a las filas de su Rei!... El anciano se conmovió al decir estas palabras.
Rosa se levanta con una gravedad majestuosa, i como dudando de lo que oye, fija en su padre una mirada profunda de dolor i de despecho, i concluye esclamando con acento firme:
—¡Nó, señor! quiero mas bien morir de dolor, i que Cárlos muera tambien con honra por su patria, por su causa: yo no le amaria deshonrado...
Desapareció. Un movimiento de espanto, como el que produce el rayo, ajitó a todos los circunstantes...