Las tinieblas de la noche iban venciendo ya el crepúsculo, que hacia verlo todo incierto i vago.

Habia gran movimiento en el pueblo, el susto i el contento aparecian alternativamente en los semblantes, nadie sabe lo que hai, todos preguntan, se inquietan, corren, huyen; el tropel de los caballos i la algazara de los soldados de la guarnicion lo ponen todo en alarma. La jente se apiña en el palacio, el Presidente va a salir, no se sabe a dónde: allí están el Marques, la Marquesa, el Asesor i otros muchos de los principales.

Rosa aprovecha la turbacion jeneral, sale de su casa disfrazada con un gran pañolon: oye vivas a la patria, sabe luego que los independientes han triunfado en Chacabuco, i corre a la cárcel a salvar a su querido: llega, ve todas las puertas abiertas, no halla guardias, todo está en silencio, los calabozos desiertos; corre despavorida, llama a Cárlos, solo le responde el eco en las ennegrecidas bóvedas. Penetra al fin en un patio: allí está Cárlos, el pecho cruelmente desgarrado, la cabeza inclinada i atado por los brazos a un poste del corredor... ¡Una hora ántes le habian asesinado los cobardes satélites del Rei!

Rosa toma entre sus manos aquella cabeza que conservaba todavía la bella espresion del alma noble, intelijente, del bizarro coronel; quiere animarla con su aliento ... se hiela de horror ... vacila i cae de rodillas... Una mano de fierro la levanta, era la del Marques que con voz trémula i los ojos llorosos le dice:

¡Respeta la voluntad de Dios!

III.

Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de artillería, las músicas del ejército, los vivas del pueblo que llena las calles i plazas, todo anuncia que ¡se está jurando la Independencia de Chile!

¡La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron victoriosos el tricolor! ¡Prez i honra eterna a los que derramaron su sangre por la libertad i ventura de Chile!...

En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas entonaban el oficio de difuntos, su lúgubre campana heria el aire con sones plañideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los enrejados, un ataud...

Ese ataud contenia el cadáver de la hija del Marques de Aviles; estaba bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de rosas.