El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.
El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras, pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual. Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre acompañado de su nariz i de su paltó.
—¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.
—Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema, agreguéle esta pregunta—¿Ha entrado usted a tomarlo?
—Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo tomaba! esclamó con acento dolorido.
—¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen café?
—Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear. Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba este néctar celestial!...
—¿Por dónde entró usted?
—Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.