—¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha que...

—Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.

—Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.

El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como descontento de mi estupidez miró a otra parte.

—¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.

—Neto, le respondí con orgullo.

—Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó: ¿Conoce usted los restaurants de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?

—No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno como aquí.

—¿Será algun restaurant frances el que usted me nombra?

—Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.