Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.

Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba, en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto de mi pasion.

La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo, cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.

Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español. Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.

—Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta mesa?

—¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al Aguila.

—¿No le conoce usted?

—¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le han visto tomar café i jinebra.

—¿Cómo es su nombre?