No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr. Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me vió, dejándome abandonado en el camino.
Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades, voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.
IV.
La Cueva del Chibato.
Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de crece, contra el morro.
Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco. Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a atravesarlo impunemente.[3]
La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian imbunches, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado de su vivienda.
Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para conservar la vida que dejarse imbunchar, i resignarse a vivir para siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.
Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.
Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses ajenos de los de su poderoso señor.