Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i mirando la comarca, se imajina como la escuatriaría si Chile se anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península; i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la independencia de Italia.
Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le asisten como si no estuviera en público.
Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi curiosidad.
Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una fuerza irresistible.
Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados, sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:
—Don Guillermo, óigame usted una palabra.
El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:—Yo tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?
—Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me muero de deseos de ser su amigo....
—I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino sonriéndose.