Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que, aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.

Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:—«I mire usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos. Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran, siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un suspiro i yo me sentia mareado...

III.
El camino de Valparaiso.

No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano, ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio. Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno. Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con que pagar peajes, barreras i sisas.

Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan, gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.

Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.

Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot, último recuerdo de una condicion perdida.[2]

¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino, que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.

Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso firme i seguro que traia.