El escribano le comprendió i le dijo:
—Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura picardia; pero...
—¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.
—Es imposible. Esto no tiene salida.
—¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la iniquidad!...
—Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es pobre. No hai mas que aguantar.
Nuestro amigo vió que esa era la filosofía de todos en el mundo de donde venia, i comprendió que en aquel mundo subterráneo se encontraba con conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como muchos empleados públicos vituperan al gobierno de que dependen, sin perjuicio de votar por él en las elecciones i de obedecerlo ciegamente en los mismos actos que le vituperan. Su filosofía es la del escribano: ¡que quiere usted, somos pobres i nos pagan! ¡Como si la pobreza autorizara la maldad!
Pero con todo, Mr. Livingston no podia todavía atar los hilos que recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor, quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese mas precision en sus respuestas.
—Por fin, insistió el ingles, ¿en qué pais estamos?