—Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar así.

—Un ingles imbécil, concedo, agregó don Guillermo: el que solo piensa hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, hará en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificará sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la Gran Bretaña desea, o por lo ménos lo que ésta tiene ya conquistado.

Tan enérjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o compasion que hicieron con la cabeza.

I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le preguntó:

—¿Entónces dice usted la verdad?

—Nunca digo sino la verdad pura, fué la respuesta.

—¡Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.

—Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira, dijo el ingles con aplomo.

—Usted es un iluso, replicó el juez sonriéndose malignamente; no tiene mundo, no es hombre práctico ni positivo. ¿No sabe usted que está en un pais donde nadie puede vivir sino en el órden, i que viene de un pueblo como el que está arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de lo atrasado i del espíritu de órden antiguo para abrirse paso a la fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las cosas prácticas?

—Puede ser así, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.