—No hai Gran Bretaña que valga, le azoto a usted si no declara o si me anda con insolencias. Diga usted, ¿quiere seguir aquí su jiro de comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del órden, como sus paisanos, i combata enérjicamente todas las innovaciones que se hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen contra el espíritu antiguo de nuestra madre patria?
—Nó, respondió secamente don Guillermo.
—¿Cree usted en la libertad?
—Sí.
—¿Cree usted en la república?
—Sí.
—¿Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?
—Sí, i mil veces sí
—Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijiéndose bruscamente al escribano.
—¿Por qué? preguntó Mr. Livingston.