La palabra del escribano fué interrumpida por la repentina aparicion en la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ántes ocultado.
X.
El interrogatorio.
Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don Guillermo que soñaba. Cuando el entendimiento por sí solo no puede darse razon de un fenómeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i por carácter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueño o lo creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los momentos en que el juez del crímen se acercaba a él hendiendo la roca, como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.
Era de aspecto sério el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus maneras parecia como hecho a propósito para el oficio.[10]
—¿Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fué lo primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i habiendo éste respondido afirmativamente, agregó: está bien, pero tenga entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del verdugo.
A semejante amenaza, se enrojeció el rostro del ingles i sus ojos brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limitó a observar que él era súbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaña.
Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpatía.
El juez, haciendo un mohin de desprecio, agregó: