Cuando Mr. Livingston cayó allí arrojado por los demonios, torbellinos de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban; otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban i pifiaban.
Un enjambre de brujas se echó sobre don Guillermo, cuando le vieron caer como llovido i en la misma situacion en que debió encontrarse el padre Adan, cuando se halló de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni fé, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espíritu producida por el espanto, realzó la belleza natural del ingles, bañándole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que forma aureola al niño hermoso que descansa desnudo en el regazo de su madre.
Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, ésta le hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas allá volaba con él bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba para volar con él en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas, algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por coserle las primeras.
Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus movimientos graciosos, i con una cabellera castaño claro capaz de enredar el alma como una mosca en la telaraña, se apodera de repente del neófito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con sus untos o sus polvos, no se sabe cómo, se convierte, i metamorfosea al ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pájaro, i ámbos a dos tienden el vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas niñas revolcándose de rabia. Muchas repitieron la misma metamórfosis, pero aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.
XIII.
Lucero.
Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.
Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.
Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos que se encuentran despues de una larga ausencia.
Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano cariñosamente, i le dijo:
—Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es cierto?