—Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimiéndolo cariñosamente con su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros para conseguirlo con una fuga: yo te acompañaré, porque nuestra causa es comun, i padeceré contigo. ¡Vamos!

—¡Imposible! Tampoco debo yo imponerte a tí sacrificios, déjame solo.....

—Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la esperanza de que traerá tu libertad mi triunfo. Déjame el placer de ser tu guia, tu salvadora, que él es mas grande que las penas que tenga que sufrir por tí. ¡Vamos! ¡Adelante!

XV.
Digresiones.

No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fué trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacífico a los antros de la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendió su fuga con Lucero, desde los umbrales del Alcázar de los Jenios en busca de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos, no podemos saber cómo consideraban esas cosas los habitantes de Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por católicos que fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus años fuesen mui diferentes de los nuestros. ¿Quién sabe si aquel año de noviciado que hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? ¡Ya se vé que eso no habria sido tan malo, pues hai espíritus tan tenaces que no se doman jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta Byron, i a quien no le bastaron ocho años de argolla para dejar de ser republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron diez i seis años de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejías, esclamando e pur si muove, cuando se levantó del sitio en que le puso arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. ¡Rara condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una quimera de esas que se llaman teorías o utopias! Bien merecido tienen su mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prácticos, los vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por mejorar el mundo: si somos súbditos, bien nos viene el obedecer i callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos mandones o estamos en peligro de serlo, ahí está nuestro modelo, el ladino Sancho, que cuando se las soñaba en el reino de Micomicon, esclamaba: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá mas que cargar con ellos i traerlos a España, donde los podré vender i a donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar un título o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No sino dormíos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas: por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: ¡llegaos, que me mamo el dedo!» Así han dejado a los pueblos, mamándoselo, algunos ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su injenio, que no lo tuvieron ménos grande que Sancho. ¿Hai mas que imitarlos? ¡Bueno es el mundo i bien se está San Pedro en Roma!

Otra cosa que ignoramos es el cómo la hermosa Lucero inició a su querido en sus hechicerías, enseñándole a metamorfosear su figura instantáneamente, a volar por lo alto como pájaro, a arrastrarse como culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado i perseguido en un pais donde la policía estaba servida por brujos capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a alterar el órden. Semejante policía no cabeceaba ni roncaba, cuando estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que no hacen daño.[16] Nó, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.

¡Ah! cuánto dieran algunos de por acá para alcanzar a poseer esas artes diabólicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el único que obra sobre el alma i sobre el cuerpo: así es que, por mas que uno desee volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al prójimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. ¿Pero esto quién lo consigne, ni quién puede verle la cara a ese ánjel? Desde que él acabó sus tareas en el mundo, se jubiló i desapareció para siempre: hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo enseñándonos i nos enseñó tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle lecciones, se restregó las manos complacido i se retiró a descansar. Solo allá, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre viejo permiso para venir a acompañarle.

Ahora hai quien evoca los espíritus i tiene comercio con ellos, pero ese es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes ni por todos. Santos i notabilísimos varones ha habido que lo han tomado a lo sério, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i escomuniones. ¡Pero quién tiene la fé o las creederas que estos santos necesitan tener! Los yankees de los espíritus se han de estar riendo de esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i moscadas de madera que venden tan barato.

Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espíritu, en ese grande i admirable órden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan escondido como las rocas o los árboles. Pero tanto el arte de evocar esos espíritus ocultos, como las demas artes diabólicas, no se pueden aprender fácilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofía ha dado al traste con la fé, los brujos han ido a esconderse en los antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.

Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro héroe, debe reconocerse que lo de brujo no disminuyó en un ápice sus instintos de buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion, fué instruirse del estado en que se hallaban las garantías de habeas corpus, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero halló que en materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese la facultad de mandar a la cárcel i aun de condenar a muerte a cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala cara. La seguridad individual no era allí conocida, sino por los servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas. El ingles se asustó de ver que el habeas corpus estaba suspenso sin ceremonia, i nunca perdió el susto por mas que procuraba imitar a los paisanos suyos que por allí encontraba enteramente conformes i contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de la carda, miéntras que él habia desechado las propuestas de afiliacion que en otro tiempo le hizo el juez del crímen de Espelunco.