Una luz mas viva ajitó el aire i Lucero, radiante i veloz, apareció a los ojos del ingles, que atónito i abismado, contemplaba i oia con toda su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en el corazon de su enamorado.

—Ya estás libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de ceremonia.

—¿Cuál es? Ordena, Lucero, i serás obedecida.

—Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una representacion respetuosa, en que implores perdon.

Una sombra siniestra cubrió la frente de Mr. Livingston, que bajó los ojos como pesaroso i triste.

—¿Qué te sucede, esclamó Lucero, dudas?

—No dudo, dijo él siempre mústio; ¿pero de qué imploraré perdon? ¿Cuál es mi culpa? ¡Hai mucho de indigno en la víctima que pide perdon a quien oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!

Lucero se entristeció, pero reanimándose súbitamente, replicó:

—Una gracia se pide siempre al poderoso.[15]

—Es verdad; observó Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no tengo quien me la haga, ni puedo valerme por mí propio, me resigno a mi suerte, ántes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o recibirse, cuando es grato deberlo.