XIX.
Vida contemplativa.
Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento: testigo de ello la célebre poetisa cubana que cuando enviudó por primera vez se retiró a las monjas i no salió de ellas, sino cuando le volvió el estro del consuelo i se reconcilió con el mundo. Otros muchos testigos podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qué se necesita mas testimonio que el de una mujer que por sí sola equivale a un rejimiento. El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos análogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo, porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio en la compañía de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el dolor desarrolla la mas seca misantropía, los hace ariscos i fieros, insociables i fastidiosos, hasta que pára con ellos en algun convento, como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente inútil. Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro héroe se hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no pensaba en salir, porque solo allí podia llorar con libertad la pérdida de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que así pudo salvarse de la enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. ¡Qué sábia es la naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga comprender que son tan miserables como los demas humanos. Así nos ha dado tambien a los españoles la manía de gobernar demasiado, porque precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos libertad, acostumbrados por tantos siglos como estábamos a ser arreados a látigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a algunos sábios el dislate de que no somos aptos para el sistema republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma lójica podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la cocina, i esto no seria tan erróneo, porque todavía no se ha visto entre los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.
Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sábias conversaciones con sus albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al principio tomólos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que eran, i tambien por ciertos ribetes de hipócritas que les hallaba; pero luego varió de parecer i los calificó decididamente de Esenios. No era mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho ménos en conocer órdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas reminiscencias bíblicas; pero creia encontrar en sus huéspedes los mismos principios i sistema que aquella secta judía profesaba. Hacian vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian su espíritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un órden superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato, pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.
Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los tomó quien pudo observarlos de cerca, eran allí una potencia, en cuanto no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueños del pensamiento, porque presentándose como ministros de Dios i como intérpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la perdicion. I para que su analojía con los Esenios antiguos fuese mas perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su práctica, el sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la idolatría, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos, trajes, maneras i modales, proporcionándose así un ejército de devotos que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometían a él por no aparecer como rebeldes i conservar su buen crédito, o por no chocar lo que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i sábias creencias.[23]
Don Guillermo, hombre poco vividor, nada práctico, como hemos podido ya conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio condenaba como malo. A él no le causaba estrañeza que los Esenios no se contuvieran en el verdadero límite de su ministerio, i que arrastrados por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i pervertir el buen sentido con supercherías i mentiras: al fin en eso no hacian ni mas ni ménos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo el que especula con el engaño. Pero lo que no podia soportar era que hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i condenándola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o el error, o a lo ménos no son tan frecuentes como en los pueblos de nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia raya en imbecilidad i el egoismo en crímen.
Estas i otras observaciones de nuestro héroe casi son capaces de hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero, estaba últimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no era ella ménos que el pueblo pobre la víctima de la ignorancia, de la mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de fé por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo, por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la fé relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no existia tan siquiera esa fé, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni estímulo, ni asiento.[24]
Es cierto, decia entre sí don Guillermo: si las jentes de allá arriba son como éstas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del patriotismo. ¿Qué atractivo para el espíritu, qué goce para el corazon pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos domésticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces íntimos, el corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hácia la patria, ni goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro amor. ¡Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser estranjero!...
El trato con Lucero habia hecho filósofo a Mr. Livingston, i el retiro del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i mui repetida que los viajes i las desgracias enseñan mas que una biblioteca.
Pero habia una cosa que le hacia perder sus ínfulas de filósofo i le hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio a aquellos males sociales en la monarquía o en el gobierno de un rei.[25] No estaban contentos con la oligarquía de los Jenios, i querian un solo dueño, una familia consagrada que les diera gobernantes de casta, a modo de los aficionados a las riñas de gallos que buscan el pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los pollos que salen malos, miéntras que los monarquistas son comidos vivos por el rei de casta que sale bribon.