Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda i solo tenian a su frente un cerro elevadísimo que parecia tocar las estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras vaporosas por todos lados, i comprimió sus ojos con la mano, para persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero cuando volvió a mirar, los halló mas cerca, i no pudo ménos de esclamar:

—¡Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!

—No hai cuidado, son mis espíritus, que me hacen los honores de ordenanza, esclamó el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aquí esta la puerta: busca un boton que debe estar ahí.

Don Guillermo recorrió con su mano durante algunos minutos el paraje que se le indicaba i halló un punto redondo que le pareció de fierro.

—Aquí está, dijo conmovido.

—Apriétalo, le replicó Asmodeo; i el peñasco dió una media vuelta sobre su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en su curso la curva de la figura de la roca.

—Entra, agregó Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.

El ingles intentó darle la mano en muestra de agradecimiento, pero él le volvió su joroba mirando hácia el parque i silbando despacito un aire de «Roberto el Diablo».

Bajó Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sintió una atmósfera tibia i seca que le paralizó.

—¡Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le gritó de afuera Asmodeo.