Por otra parte, el autor cree que los gobiernos se hacen por los hombres, que se puede escoger entre sus diversas formas la que mejor convenga á un pueblo; é inducido por este error se detiene largamente en establecer las reglas que deben observarse al excogitar una forma de gobierno, dejándose llevar por sus arbitrarias teorías hasta suponer que el gobierno representativo no puede sentar bien sino en el pueblo que sepa obedecer y que tenga la capacidad de hacer lo necesario para mantenerlo.
Mas todavía, preocupado por el sistema de representación de su país, en que la aristocracia de la nobleza ó de la industria se apoderan de las elecciones para elevar las mediocridades que se ponen á su servicio y dejar á las minorías sumidas en su pérdida, sin acción ni voz para hacer valer sus intereses, cree que éstos son vicios comunes de todos los gobiernos representativos, y no vacila en declarar que todas las democracias que actualmente existen, inclusa la norte-americana, son falsas, porque son un gobierno de privilegio de la mayoría sobre la minoría.
Tendríamos que escribir un libro tan voluminoso como el del autor inglés para enunciar y confutar sus errores, errores que pueden ser funestos á los americanos si no se aperciben de que todas las falsas miras del filósofo inglés y todos los absurdos que él presenta como remedios de males que no tiene la democracia, son efectos de que no la conoce, y que trata de juzgarla por la aristocracia representativa de la Gran Bretaña, atribuyéndole todos los vicios de ese fenómeno que entre los ingleses ha producido la transacción de la monarquía, de la aristocracia y de los plebeyos.
Dejaremos, pues, aquella tarea, y nos limitaremos á observar que es bien extraño que el autor que ha reconocido que “uno de los beneficios de un gobierno libre es esa educación de la inteligencia y de los sentimientos que baja hasta las últimas filas del pueblo, cuando es llamado á tomar parte en actos que tocan directamente á los altos intereses del país”, se empeñe al mismo tiempo en convencernos de que el gobierno representativo necesita en el pueblo que lo adopta condiciones especiales que nunca será posible hallar reunidas, y en las cuales figura la capacidad de obedecer, como si hubiera pueblos más ó menos rebeldes, y como si la obediencia no fuera el resultado genuino del triunfo del derecho en los pueblos libres, así como lo es el terror en los pueblos esclavos.
Una forma de gobierno no se escoge, y aunque no brota como una producción de la naturaleza, según la expresión de Mill, brota, sí, de circunstancias sociales independientes de la voluntad de los que creen escogerla á su arbitrio. Los hombres más sabios de la revolución hispano-americana creían también que no siendo nuestros pueblos como los de Atenas ó Esparta ó como el de los Estados Unidos del Norte, no podía plantearse la República; pero la unidad del Estado absoluto estaba despedazada y en su lugar se levantaban los derechos individuales sobre la ancha base de la igualdad social y política; la sociedad mudaba de vida, regeneraba sus ideas, sus creencias, sus hábitos; el principio de autoridad desaparecía del Estado, de la religión, de la moralidad, y la individualidad recobraba sus fueros para convertirse en egoísmo, en ambición y para elevar el señorío de las pasiones: el fanatismo religioso dejaba su imperio á la incredulidad; las falsas costumbres sociales y domésticas iban á convertirse en una escandalosa desmoralización; no bastaba vencer á los ejércitos del rey, era necesario vencer á la sociedad vieja, para crear desde luego la nueva; y entonces sucedió lo que tantas veces hemos repetido: que la forma republicana vino como un resultado lógico, imprescindible, á pesar de que todavía hay americanos bastante ciegos para no reconocerlo.
“La república, hemos dicho, debía completar lo que las balas habían principiado. El gobierno republicano, fundado en la soberanía y en el interés de la nación, era el único medio de restablecer de un modo legítimo y conforme á la dignidad humana el principio de autoridad en el Estado, en la religión, en la moralidad. El gobierno republicano sólo podía tener el poder de restablecer la unidad social, de encaminar y ennoblecer las ambiciones y de fundar la nueva sociabilidad americana en bases fijas, en ideas exactas y verdaderas. El gobierno de los privilegios, el gobierno de uno solo ó de varios no habría traído otra consecuencia que la de perpetuar la lucha, contrariando los intereses generales, haciendo difícil la regeneración. Por eso es que siempre hemos visto la anarquía y el combate de la revolución en dondequiera que los americanos, olvidando esta verdad, se hayan apartado de los principios de la verdadera República”[10].
La República representativa se estableció, pues, en América porque brotó de las circunstancias; y si todavía no sale de sus ensayos, no es porque se haya faltado en su establecimiento á las reglas del filósofo inglés, sino porque, aparte de circunstancias que más adelante estudiaremos, los errores de los publicistas europeos nos han alejado de la verdadera base fundamental de aquella forma de gobierno, esto es, del principio del derecho.
NOTAS:
[9] Véanse nuestras Bases de la Reforma, octubre 28 de 1850.
[10] Nuestra historia constitucional del Medio Siglo, cuadro cuarto, II.