Antes bien, reconocemos, y tenemos como una gran verdad, que la América española se habría ahorrado muchas revoluciones y mucha sangre si en lugar de seguir los funestos errores de los políticos franceses, que tanto la han preocupado, hubiera tomado sus ejemplos y sus modelos de los publicistas ingleses. Lo que ahora criticamos en el libro de Mr. Mill es la pretensión que tiene de juzgar el gobierno democrático, que no conoce, porque esa pretensión podría extraviar á los americanos hasta al punto de condenar lo bueno que tienen y de adoptar arbitrios contra vicios que no tienen, y que sólo serían buenos allí donde existen esos vicios, es decir, en la Gran Bretaña.
Mr. Mill reconoce que el gobierno democrático es el mejor, no porque en él esté limitado el poder al ejercicio justo de la soberanía, de modo que puedan coexistir con él los derechos del individuo y de la sociedad, que es lo que llamamos libertad, sino porque en su concepto el gobierno democrático tiende á aumentar la dosis de las buenas calidades de los gobernados colectiva é individualmente. Este es su criterio para saber cuál es el mejor gobierno, pues á su juicio el mejor gobierno para un pueblo es el que tiende más á darle aquello sin lo cual no puede el pueblo adelantar.
Estas son pobres vaguedades, que podrían servir tanto al sultán de Turquía, al zar de Rusia y al emperador de Francia para creer que sus gobiernos son los buenos, porque dan á sus pueblos aquello con lo cual pueden adelantar, como á los americanos para sostener que sus repúblicas son mejores, porque tienden á aumentar la dosis de las buenas cualidades de los gobernados, y Mr. Mill llega á ellas imaginándose que ha descubierto una gran verdad, y que ha salvado la gran dificultad con que han tropezado los políticos que, buscando el criterio del buen gobierno, han dicho que es el mejor aquél que concilia el orden con el progreso.
El publicista inglés examina prolijamente estos dos términos, y, asustado de su vaguedad, porque ve que el orden y el progreso son palabras acomodaticias que se prestan á mil acepciones, cae en otras vaguedades mayores, creyendo que con ellas ha definido con precisión las ideas que representan orden y progreso en su sentido más justo.
Su error consiste en creer que realmente orden y progreso son los fines sociales y políticos de todo gobierno; pues no se da cuenta de que tal error es una invención francesa, con la cual se ha pretendido defender la doctrina de la unidad del Estado, es decir, la monarquía latina, que á nombre del orden y del progreso aniquila y sacrifica los derechos individuales, la libertad de la sociedad.
El orden, ó, mejor dicho, la permanencia de las instituciones á merced de la obediencia y amor de la sociedad; y el progreso, el adelanto, la mejora de la sociedad, no son ni pueden ser los fines políticos del Estado, el objeto de su acción, sino que son puros resultados de la armonía que existe cuando el Estado se limita á representar el principio del derecho y á suministrar las condiciones de existencia y de desarrollo á todas y á cada una de las esferas de la actividad social.
El autor ha columbrado confusamente esta verdad, cuando ha dicho que: “encontrándonos obligados á tener como piedra de toque de un gobierno bueno ó malo un objeto tan complejo como los intereses colectivos de la sociedad, de buen grado trataría de clasificar esos intereses en grupos determinados, indicando las cualidades necesarias que debe tener un gobierno para favorecer cada uno de estos intereses”. Pero he aquí cómo una de las reminiscencias de la monarquía europea ha venido á ocultar la verdad á la poderosa inteligencia del filósofo inglés.
Es cierto que en el desarrollo de los diversos intereses de la sociedad debe hallarse el criterio de un buen gobierno; pero no es cierto, como creen los monarquistas europeos, que el gobierno debe poseer las cualidades especiales necesarias para regir cada uno de esos intereses. Nada más funesto que suponer que el gobierno puede y debe dictar sus leyes á la moralidad, á la educación, al pensamiento, á la industria y á cada uno de sus diferentes ramos, á la religión y aun á la vida del individuo y de la sociedad, debiendo poseer conocimientos especiales para cada uno de esos objetos.
No, esas ideas fundamentales de la sociedad son otras tantas esferas de la actividad humana, en las cuales es necesario dejar al individuo toda su acción, debiendo limitarse la del Estado simplemente á facilitar á cada una de ellas las condiciones de su existencia y desarrollo; porque todo lo que hiciera el Estado para reglar la actividad del hombre y someterla á prescripciones más ó menos sabias, no produciría otro efecto que el de coartar esa actividad y sujetarla á leyes que la naturaleza no le ha impuesto.
Así, pues, no hay necesidad de acometer la empresa que arredró á Mill, de estudiar cuál es la especialidad de cada uno de los elementos ó intereses de la sociedad, para clasificarlos y distribuirlos, y “poder construir la teoría del gobierno con las teorías distintas de los elementos que componen un buen estado de sociedad”; pues basta comprender que la verdadera teoría del gobierno consiste en dejar á cada uno de esos elementos en entera libertad, porque el Estado no tiene absolutamente otra misión respecto de ellos que la de facilitarles su existencia y desenvolvimiento, sin necesidad de estudiar ni de comprender la especialidad que cada uno tiene.