De consiguiente, si son condiciones de aquel desarrollo los derechos que se llaman libertad individual, libertad religiosa, libertad del pensamiento ó de la palabra escrita ó hablada, libertad de asociación, libertad de enseñanza, libertad política, el Estado debe dar la ley para que tales derechos sean siempre y en todas circunstancias respetados y ejercitados ampliamente, sin que puedan limitarse en favor de intereses extraños que no pueden tener el mismo carácter de condiciones del fin social, y sin que el hombre pueda jamás estar sujeto á la penalidad legal si no perturba las condiciones de la existencia y del desarrollo de su semejante, lo que sucede en el orden material solamente y nunca en el intelectual y moral, en el cual la naturaleza no ha puesto límites, como en el mundo material. Para ejercer ese poder, el Estado no necesita ser el imperium unum, ni grande imperio, ni todopoderoso, ni tener una fuerza poderosa por el sistema de la unidad de los medios y la voluntad, por la centralización administrativa, que tanto encanta á Eœtvœs y de cuyos vicios, tan prolijamente enumerados por Mill, se deduce que es el sistema más antisocial y más contrario á todas las condiciones de la existencia ó del desarrollo de la sociedad.

Por otra parte, tratar de hacer todopoderoso al Estado con el pretexto de la defensa de la independencia, es creer que la sociedad debe ser organizada para la guerra. “La sociedad debe ser organizada para la paz y sólo en vista de la paz; no para la guerra.

“Si se considera en detalle en qué puede consistir el interés del género humano, no se podrá encontrar en la guerra: ella ha podido ser en los siglos pasados un medio de progreso y de mejora, pero un medio oblicuo, poco eficaz, útil solamente en los tiempos en que no se sabía qué era progreso y mejoramiento, y contra las sociedades malhechoras que ignoraban ciencia y justicia y rehusaban reconocer los preceptos que garantían á los demás contra el mal. La guerra llamada la última razón de los pueblos es la razón de los que no tienen otra”[11].

Á la verdad, el publicista de quien hablamos parece que se limita á desear que la monarquía austriaca no se despoje de su poder absoluto, y se resigne á tolerar el ejercicio de aquellos derechos individuales; y por eso sostiene que el gobierno constitucional no le satisface, puesto que es un gobierno de mayoría, y también puede mostrarse inicuo y violento, de modo que sus instituciones no pueden dar garantía.

“Una representación nacional, una prensa y una tribuna libres atemperan el gobierno en lo interior, y le hacen todopoderoso para defender el honor nacional contra el enemigo; pero por grandes y necesarias que sean estas garantías, ellas no bastan para la protección del individuo. Cuando las pasiones religiosas ó políticas inflaman al país, ¿qué puede impedir á la opinión el ser violenta, ni quién puede impedir á las Cámaras el votar la persecución?”

Enhorabuena, lo que se llama en Europa gobierno constitucional, esa transacción de la monarquía latina, del imperium unum con el sistema liberal, ese gobierno de transición, de interinato, en el cual se reconoce como condición de su existencia que el rey no gobierne (en cuyo caso el rey está de más), porque si gobierna puede hacerlo todo, desde que su perpetuidad y su irresponsabilidad, que es la consecuencia, no pueden coexistir con la represención del pueblo[12]; un gobierno así, decimos, no basta para la protección del individuo, porque sus instituciones llamadas constitucionales, que tanto amor y tantos sacrificios le han merecido al escritor húngaro, no reconocen sino á medias los derechos individuales, cuando los reconocen; y porque su decantado mérito sólo consiste en atribuir á los representantes del pueblo el ejercicio de una parte de la soberanía, limitada en toda su extensión, pero absoluta en todo lo que puede decidir.

Por eso es que cuando esa representación anómala es elegida por el ejecutivo y se convierte en un simulacro embustero, ó cuando se liga á él por intereses políticos, el despotismo de ambos, sus poderes absolutos, se aúnan y pesan como el despotismo de un solo tirano sobre una minoría del pueblo y sobre los derechos individuales. No es raro, pues, que los amantes de la libertad en Europa comiencen á desencantarse de aquel sistema, que tanto se parece á los despotismos de partido ó de caudillaje que se han organizado tantas veces en la América española con el pomposo nombre de república, y que también han desacreditado aquí las instituciones constitucionales. En esas parodias sacrílegas del gobierno representativo es claro que las minorías no pueden hallar sino persecuciones, y que los derechos individuales, en lugar de protección, solamente pueden esperar la muerte del capricho de un déspota y de los secuaces que á nombre de una soberanía absoluta sancionan la barbarie y la injusticia.

Y si la pasión política ó la ambición rastrera se han abierto paso al través de las instituciones liberales y se han revestido de las formas del gobierno representativo para disfrazar y legitimar sus iniquidades, ¡cuán fácil no les sería hacerlo mejor en el sistema que se propone organizar el Estado absoluto dentro de ciertos límites, que serían una vana fórmula cuando él quisiera ejercer más allá su autoridad todopoderosa!

¡Es lamentable que inteligencias tan elevadas y corazones tan sinceros como los de Humboldt, Eœtvœs y Laboulaye se alucinen con la incomprensible esperanza de que á la centralización, que creen buena y legítima cuando defiende la independencia y la paz del país, y despótica y revolucionaria cuando sale de su dominio, se pudiera oponer, para mantenerla dentro de aquellos límites, el libre gobierno del individuo por sí mismo, el Self-government de los norte-americanos!

No, el gobierno de sí mismo no puede coexistir con el Estado absoluto, con la soberanía ilimitada ejercida por un monarca, temporal ó perpetuo, ó por un Congreso, ó por ambos á un tiempo. El gobierno no necesita de un poder considerable, de una centralización enérgica para llenar sus fines; y antes bien, lo natural y lógico es que no los llene justamente cuando tiene un poder vasto, aunque sea limitado á su objeto, porque ese poder lo conduce á la invasión de los derechos individuales. No, los grandes imperios han pasado, ellos son los que han hecho su tiempo, y no las ideas municipales y las federales, por más que pretendan los sabios europeos demostrarnos lo contrario, con la historia en mano. Ahí está la historia viviente, la historia contemporánea, demostrándonos que la independencia se puede defender y que la paz se puede restablecer con el triunfo de las instituciones, cuando el pueblo es grande, aunque el Estado sea limitado: nosotros conquistamos nuestra independencia cuando la sociedad y el individuo sintieron la omnipotencia de sus derechos; los mejicanos reconquistarán la suya mientras haya un puñado de hombres libres que amen sus derechos; los norte-americanos acaban de salvar sus instituciones, mostrando, á todos los que tengan ojos para verlo, que no es necesaria una centralización enérgica ni débil como el único sistema de dar unidad á los medios y á la voluntad, que constituyen la fuerza.