La independencia comunal, el jurado civil y criminal, el parlamento, el veto del impuesto no son conquistas ni tienen fecha entre los ingleses: son establecimientos de la ley común; en otros términos, son las costumbres que el espíritu sajón había llevado de la Gran Bretaña, costumbres cuyo desarrollo ha sido á veces retardado; pero que no han dejado de existir jamás. Esto explica cómo en 1688 la Inglaterra, tomando posesión de sí misma, constituyó, sin sacudimientos, aquel gobierno libre que la ha puesto á la cabeza de la civilización europea.
Las ideas inglesas tuvieron una influencia considerable durante el último siglo en Francia, difundidas por Voltaire, por Montesquieu y Delolme. Al lado de esta escuela inglesa apareció otra francesa, la de los fisiócratas, que reclamaban la libertad de la agricultura y del comercio, con la reforma del impuesto. Así es que en 1789 había en Francia hombres ilustrados que, aunque partidos de diferentes puntos, sentían la necesidad de reducir el despotismo del Estado; pero, desgraciadamente, al lado de esta escuela liberal se fortificaba un partido ardiente que confundía el poder del pueblo con la libertad, y que estaba pronto á sacrificar todos los derechos á la soberanía popular. Este partido, que debía triunfar, procedía de Rousseau, que por medio de sofismas, que, á pesar de su nulidad, no han perdido su influencia, y que se encuentran en el fondo de todos los movimientos revolucionarios de Francia, restablece la teoría pagana de que la libertad es la soberanía y de que el derecho no es más que la voluntad de la nación.
Este error funesto dominó á la Constituyente, que, como órgano del pueblo, se atribuyó el derecho de hacerlo todo y reformó tanto la Iglesia como el Estado; sus sucesores obedecieron también al mismo error. El Consulado aceptó la sucesión de la monarquía y restableció la tradición en hombres y cosas, sin restablecer los privilegios, cuya destrucción habría sido grata al mismo Richelieu.
Su grande obra fué el complemento de la de los reyes por medio de una centralización más regular y más fuerte. Una administración enérgica, una igualdad completa y nada de libertad: tal fué el régimen que estableció el primer cónsul[29]. La restauración, aunque no restableció la monarquía antigua y dejó á la Francia el gusto de la libertad política, mantuvo el poder de la administración, y durante su reinado el Estado, compuesto del monarca y de las cámaras, fué siempre el Estado absoluto.
Bajo la monarquía de 1830 prevaleció también la falsa noción del Estado, y los amigos de la libertad, que tuvieron entonces más acción y más influencia en los destinos de la Francia que en el reinado anterior, confundieron la soberanía electoral y parlamentaria con la libertad.
El sistema proteccionista sostenido por la influencia de los grandes industriales fué apenas contenido; la educación fué ampliamente difundida, pero siempre por la mano del Estado, que rechazó la libertad de enseñanza; el derecho de asociación, ese gran resorte de la Inglaterra, fué prohibido; la prensa, cargada de trabas, y por lo mismo concentrada en un pequeño número de diarios, fué un peligro, cuando habría sido fácil hacerla inofensiva, difundiéndola. En suma: subsistió siempre la administración imperial, animada, es verdad, de un espíritu liberal y temperado por la publicidad; pero si el vicio original fué paliado, no por eso fué curado. Otro es el camino por donde se conduce á un pueblo á la libertad.
La revolución de 1848 mostró cuán extraña á las ideas liberales es la generación actual. Después de treinta años de gobierno constitucional se retrocedió entonces hasta los más fatales errores de la primera revolución. Los publicistas, que se pretendían los más adelantados, proclamaban que el individuo es hecho para la sociedad y no la sociedad para el individuo, volviendo de este modo al Contrato social y á la tiranía de la Convención; los utopistas suprimían la familia y se proponían encerrar á la Francia en un taller; los legisladores, imbuidos en las preocupaciones de 1789, no imaginaban nada mejor para fundar la democracia que debilitar el Poder ejecutivo, como si la autoridad no fuera la primera garantía de la libertad.
El resultado de esta política no era dudoso, pues que está escrito en todas las páginas de la historia. El pueblo se sirvió de su soberanía para desembarazarse de la anarquía. Después de las asonadas, de la guerra civil, de las amenazas y furores de la prensa, se tenía horror aún del nombre de libertad, aunque ella no tiene nada de común con semejantes excesos.
La Francia, que vive de su trabajo, estaba cansada del desorden y pedía el reposo y la paz á todo precio. El imperio absoluto, más invasor y más enérgico que nunca, reapareció, haciendo brillar en todo su esplendor los días de los Césares romanos.
NOTAS: