Entonces la idea del Estado fué diferente de la romana, porque dos potencias se dividieron el mundo, y la autoridad religiosa, es decir, el poder moral é intelectual, tomó la suprema dirección de los negocios humanos.
La Iglesia tomó á lo serio este gobierno del espíritu, que la opinión le defería: le era necesaria el alma entera, dejando al príncipe el cuerpo; y así la fe, el culto moral, educación, letras, artes, ciencias, leyes civiles y criminales, todo estuvo en su mano. De esta manera resolvía la Edad Media la difícil cuestión de los límites del Estado.
Pero, como era natural, las ideas romanas mantuvieron siempre una sorda reacción, que, andando el tiempo, llegó á hacerse fuerte. El derecho romano fué exhumado y los legistas, con el Digesto y el Código, comenzaron á minar las libertades feudales, haciendo triunfar su ideal del Estado romano, esto es, la unidad y la uniformidad bajo un jefe que no depende más que de Dios. Una fe, una ley, un rey: tal es su divisa.
La lucha de la reacción romana contra el feudalismo duró más de tres siglos, y la monarquía absoluta triunfó al fin de la independencia, sometiendo á los señores los castillos; las ciudades, las campañas á la unidad legislativa, á la centralización despótica del Estado, y la Iglesia misma se sometió por medio del concordato á la servidumbre común. El rey la protege, la enriquece, la defiende contra la herejía; pero al mismo tiempo nombra á los jefes y se sirve del episcopado como de un medio de gobierno.
La obra estaba consumada, el Estado no tenía límites, el sistema romano había reaparecido como en sus mejores días, cuando la Reforma abre una era nueva en el mundo, restableciendo el principio individual y protestando contra el poder absoluto de la tiara y de la corona. Lo que se encontraba en el fondo de la reforma era la antigua independencia germánica. Lo que muy luego reclaman los protestantes es el derecho de cada cual para obedecer á su propia conciencia, para escoger su fe, para constituir su iglesia; y de allí á discutir la obediencia civil, á reclamar en el Estado la libertad que reinaba en la iglesia, no había más que un paso, y este paso fué fácilmente dado.
La reforma inquietó á los príncipes; ella era una revolución semejante á la que el cristianismo había venido á hacer en el imperio romano. La organización política fundada en la estrecha alianza de la Iglesia y el Estado estallaba por todas partes; la conciencia y el pensamiento se escapaban al soberano. Se pretendió ahogar este soplo terrible en la sangre de los mártires, la persecución engendró la revuelta y la guerra; y agotada la Europa en las luchas fratricidas, las dos comuniones, impotentes para reducirse, acabaron por tolerarse mutuamente.
En Francia y en Alemania fué necesario sufrir que la minoría conservase su religión; el Estado fué obligado á abdicar delante de la conciencia. La libertad religiosa, alma de las sociedades modernas, es la raíz de todas las demás libertades. No se divide en dos el espíritu humano; si el individuo tiene el derecho de creer, tiene también el derecho de pensar, de hablar y de obrar; los súbditos no pertenecen ya al príncipe, el Estado es hecho para ellos, no para él. Eso fué lo que sintió Luis XIV; su instinto despótico no le engañó.
El protestantismo era la negación del derecho divino, un desmentido de la política tradicional de la monarquía. Anonadando á los reformados, se creía asegurar la unidad; pero detrás de los protestantes se hallaron los jansenistas, y arrasado Port-Royal, aparecieron al frente los filósofos. El pensamiento era libre y se reía del rey.
En Inglaterra la reforma tomó dos fases diversas: para la nobleza y el clero fué un rompimiento con Roma, y la Iglesia quedó estrechamente unida al Estado; para la clase media y el pueblo fué tanto una emancipación política como religiosa, pues la fe popular era el calvinismo que rompía con el Estado y hacía de cada comunidad de fieles una República que se gobernaba por sí misma y en la cual cada uno tenía el derecho de profetizar, es decir, de hablar sobre todas las cosas. Perseguido por la monarquía, el puritanismo triunfó con Cromwell; y aunque este triunfo político fué de corta duración, el germen republicano quedó en la sociedad inglesa, y fué el que, transportado á las plantaciones del Nuevo Mundo, engendró á los Estados Unidos.
Si la primera revolución había sido calvinista y democrática, la de 1688 fué anglicana y conservadora. Se destronó al rey; pero no la monarquía. En el reinado de Enrique VIII, las ideas del siglo y la necesidad de resistir á la España habían concentrado el poder en las manos de un señor; pero aceptando aquel despotismo como el baluarte de la independencia y de la grandeza nacional, se había conservado el antiguo espíritu sajón. Las ideas y las leyes romanas no habían penetrado jamás en Inglaterra. La libertad estaba allí eclipsada; pero no destruida.