Al principio, bajo los primeros Césares, el emperador gobernaba por sí mismo, y más tarde por medio de la administración ó de las oficinas que dependían de él, las cuales presentan en los códigos de Teodosio y de Justiniano una poderosa centralización, que ahoga á la sociedad bajo su espantosa tutela. Este inmenso poder se fundaba en la antigua noción de la soberanía popular, pues en teoría la República subsistía siempre y el príncipe no era sino el representante de la democracia, el tribuno perpetuo de la plebe. Los jurisconsultos del siglo III explicaban de este modo el principio constitucional. Quod principi placuit legis habet vigorem.

El cristianismo, que vino á arruinar la antigua civilización, echó también por tierra la teoría política de los antiguos: “Dad al César lo que es del César y á Dios lo que es de Dios”, es hoy un adagio vulgar, que repetimos sin pensar en que es una declaración de guerra al despotismo imperial. Allí donde reinaba una violenta unidad, Cristo proclamó la separación; en adelante, en el mismo hombre era necesario distinguir al ciudadano del fiel, respetar los derechos del cristiano, inclinarse delante de la conciencia del individuo, lo cual era una revolución, que comprendieron bien los emperadores romanos, tratando de sofocarla en el martirio de sus adeptos. Lo raro y que no puede explicarse sino por la imperfección humana es que después de diez y nueve siglos sean los cristianos los que más se empeñan en desconocer la independencia proclamada por Jesucristo, pretendiendo someter todavía al imperio del Estado la conciencia, que no es del César sino de Dios.

Con todo, la soberanía absoluta del Estado, que era una especie de artículo de fe política, había echado tan profundas raíces, que el cristianismo no pudo triunfar de ella, bien que la Iglesia tampoco lo pretendió. Constantino, que debía á los cristianos una parte de su fortuna, asoció la Iglesia á su poder.

Los obispos entraron con gusto en el cuadro de la administración imperial; tomaron á los pontífices paganos sus privilegios, sus títulos, sus honores, como también al paganismo sus templos y sus fundaciones; nada se cambió en el Estado, no hubo sino algunos funcionarios de más y sobre todos ellos el emperador.

El cristianismo ha hecho una gran revolución moral, esparciendo sobre la tierra una vida y una doctrina nuevas; pero en el siglo IV la Iglesia, la jerarquía, tomó en el Estado el lugar del antiguo pontificado pagano, con algunas prerrogativas de más, y estableció con la monarquía una liga estrecha que dura hasta hoy. En el fondo no hay más que la idea pagana de la soberanía absoluta del Estado, con un disfraz cristiano.

Mientras que el imperio extiende esa administración que le agota, los bárbaros se aproximan y dan cuenta fácilmente de una sociedad que después de largo tiempo estaba desarmada por los celos del Estado; pero ellos traen una idea nueva que hace su fuerza: para el romano, el Estado era todo, el ciudadano nada; para el germano, el Estado no es nada, el individuo es todo. Cada jefe de familia se establece donde quiere, gobierna su casa según lo entiende, recibe la justicia de sus pares ó la administra, se enrola en la guerra bajo el jefe que escoge; no reconoce más superior que el que se da á sí mismo; no paga otros impuestos que los que vota, y por la menor injusticia apela á Dios y á su espada. Esto es un trastorno de todas las ideas romanas: entre los germanos una prodigiosa libertad y muy poca seguridad, entre los romanos una seguridad muy grande, salvo el temor del príncipe y de sus agentes: una policía vigilante é inquieta, pero libertad ninguna.

Cuando el germano se estableció en las provincias que le abandonaba la debilidad del imperio, regló la propiedad á su imagen y la hizo libre como él. La justicia, la policía, el impuesto pertenecen á la tierra y la siguen en todas las manos. El feudalismo es el triunfo de este sistema, que confunde la propiedad con la soberanía: cada barón es el señor de la tierra, jefe en la guerra, juez en la paz; sólo para él tienen deberes sus vasallos, y sólo él está obligado respecto del rey.

Desaparecieron el Estado, la centralización, la unidad; sólo queda una jerarquía confusa, que no se parece al sistema romano ni á la sociedad moderna. Pero bajo el despotismo de los señores había una savia fecunda; esta savia que se ocultaba en el privilegio, era la libertad, y á ella se debe la época del Renacimiento tanto como á la acción tutelar de la Iglesia, que, ligando á los vencedores y á los vencidos con el lazo común de la religión, aproximó y confundió lo que se llamaba la civilización y lo que se llamaba la barbarie.

Esta acción tutelar de la Iglesia explica la influencia que ella tuvo bajo las dos primeras razas y que conservó durante la Edad Media. Emancipados los obispos por la caída del imperio, se encontraron á la vez jefes de las ciudades, consejeros del rey germano, depositarios de la tradición romana, y tan poderosos por sus luces como por su carácter sagrado.

Desde el primer día de la invasión la Iglesia reasumió su independencia natural y siguió una política que le sometió el mundo. Esto no era, en proporción, otra cosa que la política romana aplicada al gobierno de los espíritus. Desde luego, la Iglesia no quiso someterse á las autoridades profanas y aspiró á someter al poder temporal, exigiendo que los reyes se confesaran sus vasallos espirituales.