Con efecto: la humanidad es dueña de sus destinos, y, por tanto, es necesario que las ciencias morales se funden en la observación, como las ciencias físicas, para descubrir las leyes ciertas á que ella obedece, y aun para prever el porvenir. Laboulaye dice que aunque parezca temeraria esta aserción, él quiere verificarla á sus expensas, estudiando, aun á riesgo de aparecer como falso profeta, una idea que, desconocida hoy en Europa, puede aparecer clara muy pronto. “Esta idea, que por lo demás no es nueva, pero cuya hora aún no ha sonado, es que el Estado, ó si se quiere la soberanía, tiene límites naturales en que acaba su poder y su derecho”.

Aquí nos será permitida otra digresión, por vía de comparación del estado de la ciencia política en ambos continentes. Ese principio, que no puede ser enunciado siquiera sin riesgo en Europa, es una realidad en América, porque sólo en virtud de él es que las constituciones de las repúblicas americanas limitan el poder de la soberanía, por medio de la determinación de las atribuciones de los poderes que la ejercen.

La Constitución de los Estados Unidos del norte, que es la más explícita de esta parte, declara terminantemente que: “El Congreso no puede hacer ley alguna estableciendo una religión ó prohibiendo el ejercicio libre de otra, ó restringiendo la libertad de la palabra ó de la prensa, ó el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y pedir justicia al gobierno; ó violando el derecho que garantiza al pueblo contra los registros y embargos arbitrarios en sus personas, domicilio, papeles y efectos”[25].

De la misma manera limita el poder de los Estados en varios negociados, y sobre todo les prohibe dar leyes retrospectivas, ó leyes en virtud de las cuales se pueda condenar sin forma de juicio, ó que anulen las obligaciones contraídas por contratos[26]. Sobre estas materias y otras análogas, el Poder judicial, que es allí independiente, es tan estricto, que jamás aplica ley alguna que sea contraria á las limitaciones determinadas en la Constitución, dando así una verdadera garantía política á los ciudadanos contra los abusos del Estado, sobre lo cual hay multitud de decisiones[27].

El mismo principio se enseña en las universidades hispano-americanas, y el que estas líneas escribe lo ha sostenido y propagado siempre durante quince años, desde 1836 adelante, en las cátedras de derecho público, en Santiago de Chile[28].

Contra esta enseñanza y la adopción general en América de aquella doctrina no podrían citarse algunos actos de los partidos políticos en circunstancias anormales, porque, aparte de la vaguedad de las leyes que han podido dar lugar á ellos, no es esa la práctica ordinaria, que, sin duda, acabará por corregir aquella vaguedad y por incorporar de un modo definitivo en nuestra jurisprudencia constitucional lo que todavía es una quimera en el Viejo Mundo: la limitación de los poderes del Estado.

Vamos á exponer las ideas de Laboulaye sobre esta cuestión, porque en el estudio histórico que él hace de la idea del Estado hallaremos preciosos datos para apreciar mejor el atraso político de la Europa, donde todavía es una temeridad el hablar de la necesidad de limitar la soberanía.

Para conocer á fondo la idea contraria, la del poder omnímodo del Estado, Laboulaye estudia su genealogía desde los griegos y los romanos, que son los antepasados políticos de la Europa, á pesar de la enorme diferencia que hay entre ambas civilizaciones.

Entre aquellos no había industria, ni comercio, el trabajo estaba en manos de los esclavos, el ciudadano no tenía otras ocupaciones que la guerra y la política, y no habiendo una clase intermedia, la miseria extrema se hallaba al lado de la extrema opulencia. La ciudad era el todo, nadie tenía derechos contra ella, el Estado era el dueño de los ciudadanos, en cuanto la mayoría de éstos disponía de todos.

Mientras que Roma fué una República, es decir, una aristocracia omnipotente de ciudadanos, éstos, que eran la nobleza, gozaban de una libertad soberana y no sentían el peligro de su teoría sobre el Estado. Mas cuando tuvieron un emperador, su libertad fué aniquilada, porque el despotismo lo abrazaba todo y no era posible escapar de él sino con la muerte. Todo estaba en las manos del César: ejército, rentas, administración, justicia, religión, educación, opinión, todo, hasta la propiedad y la vida del último ciudadano; de modo que no era extraño que los romanos adorasen al emperador, considerándolo en vida como un Numen y después de muerto como Divus, uno de los genios tutelares del imperio.