Ya nadie espera esos golpes teatrales de la justicia divina, ni hay quien crea, si no es Napoleón III, que un grande hombre reciba la misión celestial de aparecer súbitamente en medio de una sociedad inerte, para amasarla á su gusto y animarla con su soplo, cual otro Prometeo. Se siente todo eso; pero desgraciadamente la ciencia está nueva y mal establecida.
Esta convicción lleva á Laboulaye á proclamar por primera vez en la ciencia política europea una doctrina que hace más de veinte años habíamos proclamado nosotros y habíamos practicado en Chile. “Reunir los hechos—dice el publicista francés—es una obra penosa y sin brillo; es más fácil imaginarse un sistema, erigir un elemento particular en principio universal, y dar la razón de todo con una palabra. De ahí esas bellas teorías que brotan y caen en una estación; influencia de la raza ó del clima, ley de la decadencia, del retroceso, de oposición, de progreso.
“Nada más ingenioso que las ideas de Vico, de Herder, de Saint-Simón, de Hegel; pero es evidente que á pesar de sus partes brillantes, esas construcciones ambiciosas no reposan sobre nada. Al través de esas fuerzas fatales que arrastran á la humanidad hacia un destino del cual ella no puede huir, ¿en dónde colocar la libertad? ¿Qué parte de acción y de responsabilidad queda al individuo? Mucho ingenio se gasta para dar vueltas al problema, en lugar de resolverlo; pero, ¿qué importan esas poéticas quimeras? Lo único que nos interesa es precisamente lo que se nos dice. Si se quiere escribir una filosofía de la historia que pueda aceptar la Ciencia, es preciso cambiar de método y volver á la observación.
“No basta estudiar los acontecimientos, que no son sino efectos; es preciso estudiar las ideas que los han producido, porque las ideas son las causas, y sólo en ellas aparece la libertad. Cuando se arregle la genealogía de las ideas, cuando se sepa qué educación ha recibido cada siglo, cómo se ha corregido y completado en él la experiencia de los que vivieron antes, entonces será posible comprender el curso del pasado y quizás presentir la marcha del porvenir.
“No hay que engañarse. La vida de las sociedades, como la del individuo, está siempre regida por ciertas opiniones, por cierta fe...”.
Eso mismo pensábamos y practicábamos nosotros en 1844, en nuestras Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile, atreviéndonos por la primera vez, que sepamos, á combatir las teorías de Herder.
“Es cierto—decíamos—que al contemplar en el inmenso caos de los tiempos un poder superior, siempre en acción, que lo regulariza todo, una ley orgánica de la humanidad siempre constante y demasiado poderosa, á la cual se sujetan los imperios en su prosperidad, en su decadencia y en su ruina, la cual preside á todas las sociedades, sometiéndolas á sus irresistibles preceptos, apresurando el exterminio de las unas y proveyendo á la subsistencia y ventura de las otras, es cierto que al ver una armonía siempre notable y sabia en esa confusión anárquica que produce el choque y dislocación de los elementos del universo moral, el espíritu se agobia de admiración y como fatigado abandona el análisis, juzgando no sólo excusable sino también lógicamente necesario creer en la fatalidad, entregarse á ese poder regulador de la creación, confiarse en el orden majestuoso de los tiempos y adormecerse arrullado con la esperanza de que esa potestad que ha sabido pesar y equilibrar los siglos y los imperios, que ha contado los días de la vieja Caldea, del Egipto, de la Fenicia, de Tebas la de cien puertas, de la heroica Sagunto, de la implacable Roma, sabrá también coordinar los pocos instantes que le han sido reservados al hombre y esos efímeros movimientos que llenan su duración”[23].
Mas el error en que se funda este raciocinio, al parecer tan lógico, se descubre cuando nos elevamos á contemplar la alteza de la humanidad, cuando nos fijamos en esa libertad de acción de que la ha dotado su creador. La sucesión de causas y efectos morales que constituyen el gran código á que el género humano está sometido por su propia naturaleza, no es tan estrictamente fatal que se opere sin participación alguna del hombre; antes bien la acción de esas causas es enteramente nula si el hombre no la promueve con sus actos.
Tiene éste una parte tan efectiva en su destino, que ni su ventura ni su desgracia son en la mayor parte de los casos otra cosa que un resultado necesario de sus operaciones, es decir, de su libertad. El hombre piensa con independencia, y sus concepciones son siempre el origen y fundamento de su voluntad, de manera que sus actos espontáneos no hacen más que promover y apresurar el desarrollo de las causas naturales que han de producir su felicidad y perfección ó su completa decadencia...
Estas observaciones, fundadas rigurosamente en los hechos, nos prueban demasiado bien que la humanidad es harto más noble en su esencia y que está destinada á fines más grandiosos que los que imaginan aquéllos que la consideran sometida tan estúpidamente como la materia á sus leyes. Pensar que las sociedades humanas debieran entregarse pasivas á una ley que caprichosamente las extingue ó engrandece, sin que ellas puedan influir en manera alguna en su bienestar ó en su desgracia, es tan absurdo y peligroso como establecer que el hombre debe encomendarse á otro poder que no sea el que le ha dado la naturaleza para labrarse su felicidad, y que por someterse al orden fatal de su destino debe encadenar en la inercia sus facultades activas[24].