La Revolución ha sido fecunda por sus destrucciones: ha arruinado todo lo que se oponía á la igualdad. Ella suprimió la nobleza, que fuera del ejército no era más que una casta inútil; destruyó el poder territorial del clero, poder que no tenía razón para existir; desembarazó el suelo de cargas pesadas, que no eran compensadas y que encadenaban la agricultura; emancipó la industria; estableció la uniformidad del impuesto; en dos palabras: la Revolución fué una gran reforma social; pero ese nivel, pasado por todas las condiciones, no ha hecho más que hacer más directa y fuerte la acción del Estado. La prueba de ello es que no hay en Europa monarquía absoluta ninguna que no haya tomado á la Administración francesa por modelo. La Rusia, por ejemplo, se la asimila cada vez más, sin que se pueda acusarla de un amor inmoderado por las ideas de 1789, á lo menos por las que defendían Lafayette, Barnave y Mirabeau[22].
Pero la propaganda de Tocqueville no halló prosélitos. La voz de los pocos que le comprendieron no fué siquiera escuchada en la revolución de 1848, y los franceses, entonces, obcecados como siempre en creer que la igualdad los haría libres y en suponer que la nación, al obrar como soberana, podía desplegar un poder tan absoluto y tan ilimitado como el de la monarquía que destruían, se pusieron de nuevo á inventar una República, y no lograron por segunda vez otra cosa que desacreditar una forma de gobierno, para caer en manos de otro César, que á nombre de esa soberanía absoluta les diera la igualdad y les quitara todos sus derechos, todas sus libertades.
Después de este segundo ensayo del orgullo europeo se ha comenzado á comprender la verdadera causa del mal, y los hombres amantes de la patria y de la verdad, cualquiera que haya sido ó sea su partido político, han comenzado á echar una mirada de esperanza hacia la América del norte, á buscar en ella, en sus instituciones y costumbres, la solución del problema que no han podido resolver cuatro generaciones, que han malgastado su sangre y sus esfuerzos á pura pérdida.
Son varios los escritores que en el seno mismo de la esclavitud han tenido el arrojo de levantar su voz para anunciar la nueva luz que hoy llega desde el ocaso al Viejo Mundo, que en otros tiempos la recibió del oriente. Vamos á exponer ahora las teorías de dos únicamente, que á nuestro juicio son los primeros, los que de nuevo fundan y propagan en Europa la escuela americana: Laboulaye, que en la Cátedra y en la prensa da á conocer las instituciones de la democracia americana, las defiende é ilustra en todos los tonos y las formas, que asume como profesor, como novelista y como filósofo; y Courcell-Seneuille, que ha escrito en Chile y publicado en París el libro más notable que la ciencia social ha podido jamás presentar.
NOTAS:
[20] L’État et ses limites.
[21] De la Démocratie en Amérique.
[22] Alexis de Tocqueville, por Laboulaye.
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Laboulaye, en su libro sobre El Estado y sus límites, parte del principio irrecusable de que la filosofía política no puede proponerse otra cosa que la de descubrir las leyes que rigen el mundo moral: porque hoy ya no se puede creer que Dios se mezcle incesantemente en nuestras pasiones y en nuestras miserias, estando siempre listo para salir de las nubes, con rayo en mano, á vengar la inocencia y castigar el crimen.