En América todo parte del individuo; en nuestra vieja Europa todo viene del Estado. Allá, la sociedad salida de la iglesia puritana no conoce más que el hombre y le deja el cuidado de su vida, como el de su conciencia; aquí estamos aprisionados en el círculo estrecho y variable que traza alrededor de nosotros la mano del Poder. Reconocida esta verdad, todo aparece claro en la aparente confusión de la América; allí es preciso buscar el orden verdadero, el orden que nace de la comunidad de las ideas, del respeto mutuo, de la libertad individual.

En Francia se alegan con cierto placer las asonadas de una ciudad sin policía como Nueva York, ó las violencias y ultrajes de algunos cultivadores perdidos en las soledades del Sur; pero no se puede juzgar un país sino por el conjunto de las casas. ¿En dónde es más intensa la vida y el progreso más visible? ¿Qué hemos hecho en Argelia, en treinta años, con nuestros procedimientos regulares y artificiales? Ved, por el contrario, lo que un puñado de americanos tomados al azar ha hecho en algunos años en las costas desiertas de California[20].

Pero Tocqueville fué el primero que llevó á la Europa, entre muchas ideas nuevas y santas, la de que la libertad no es la igualdad, como se ha creído siempre y se cree todavía en Francia, olvidando que la igualdad se amolda á todos los sistemas y que puede coexistir con el régimen más absoluto. Él reveló la existencia de una república poderosa en que la democracia es una realidad y de la cual tiene mucho que aprender la Europa.

Protestó contra la idea pagana de la soberanía absoluta; contra el poder único, simple, providencial y creador; contra la omnipotencia del poder social y la uniformidad de sus reglas, que forma el rasgo saliente que caracteriza todos los sistemas políticos engendrados en Europa; al revés de lo que sucede en los Estados Unidos, donde la gran máxima sobre que reposa la sociedad civil y política es la independencia del individuo para dirigir por sí mismo las cosas que sólo á él interesan, máxima “que el padre de familia aplica á sus hijos, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á sus administrados, el Poder á las municipalidades, el Estado á las provincias, la Unión á los Estados, y que extendida así al conjunto de la nación, llega á ser el dogma de la soberanía del pueblo”[21].

Pero Tocqueville no era republicano en Francia.

Se limitaba á pedir y servir la libertad, la justicia, la descentralización administrativa. Quería la emancipación de la Municipalidad, la completa libertad de la prensa, dar á la magistratura el lugar que le corresponde en un país libre, esto es, hacerla soberana. “En este punto estaba él tan adelantado á las ideas francesas que no sé—dice Laboulaye—si se le ha comprendido”.

Nuestra magistratura es muy considerada y con razón; pero si nuestros tribunales aseguran en las litis ordinarias una justicia imparcial é ilustrada, no constituyen por eso una garantía política para el ciudadano. Todas las constituciones repiten á la sociedad que la separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, es la condición de la libertad; pero desde 1789 jamás en Francia la justicia ha marchado al igual con la autoridad de las cámaras y del príncipe; ese poder independiente ha estado siempre subordinado.

La administración se le escapa por el privilegio de su jurisdicción y aun lo domina á veces por la competencia. Por más que se queje el ciudadano, jamás tiene acción el juez sobre el funcionario que obedece á un orden regular. Aunque el oficial público abuse abiertamente de su poder, es necesario el permiso del Estado para citar al culpable delante de los tribunales. No es así en América y en Inglaterra. Todo agente de la autoridad es personalmente responsable de la orden que ejecuta: no hay funcionario que el ciudadano no pueda inmediatamente demandar ante la justicia para forzarlo á que respete la ley.

En estos conflictos inevitables, que en todos los países suceden entre los particulares y el Estado, la última palabra entre nosotros es la de la administración; entre los ingleses y americanos la última palabra es la justicia. La razón es sencilla: en un gobierno centralizado el interés general representado por el Estado está antes del individuo; en un país libre el derecho del individuo contiene las pretensiones del Estado, y sólo un juez tiene el poder de pronunciar. “En América—decía M. de Tocqueville—el hombre no obedece jamás al hombre, sino á la justicia, á la ley”.

En cuanto á la centralización del poder en Francia, el sabio americanista la creía funesta á la existencia de la libertad. Él demostró hasta la evidencia “un hecho tan curioso para la historia como importante para la política, esto es, que á pesar de todos los esfuerzos de la Revolución para romper con el pasado, la Francia administrativa del siglo XIX se diferencia menos que lo que se cree de la Francia de Luis XV; que la centralización administrativa es un legado de la antigua monarquía, aceptado y aumentado por la Revolución”. No es que M. de Tocqueville crea que la Revolución ha sido una obra estéril.