Así también se exigía antes que el Estado no fuera industrial para conquistar la libertad de la industria, y los economistas habrían proclamado un absurdo si hubieran dicho la industria libre en el Estado libre, para significar la separación de la industria y el Estado. Es necesario rechazar estas fórmulas embrolladas, que no hacen más que confundir las ideas, perpetuando el lamentable abuso que se ha hecho de la palabra libertad por los que la aman sin comprenderla, á manera de Don Quijote, que amaba á su dama sin conocerla.

[15] Copiaremos aquí una nota estadística de Montalembert: en 1774, en todas las colonias inglesas de que salieron los Estados Unidos sólo se contaban 18 sacerdotes católicos. El primer obispo sólo apareció allí en 1790. En 1839 la Iglesia contaba en los Estados Unidos una provincia, 16 diócesis, 18 obispos, 478 sacerdotes, 418 iglesias. En 1849 tres provincias, 30 diócesis, 36 obispos, 1.000 sacerdotes, 966 iglesias. En 1859 siete provincias, 43 diócesis, dos vicariatos, 45 obispos, 2.108 sacerdotes, 2.334 iglesias. El escritor católico cree con razón que “tales progresos no se han visto en ninguna otra parte desde los primeros siglos de la Iglesia”, y ese es un milagro de la libertad religiosa y de la libertad de asociación.

[16] Laboulaye: L’État et ses limites.

[17] Véase Le Droit Publique Suisse de Ullmer, traduit de l’allemand par ordre du Conseil Fédéral, 1864.

[18] Para todo lo que decimos de la Constitución belga véase Code constitutionnel de la Belgique, ou commentaire sur la Constitution, etc., par Bivort, 1859.

[19] Théorie de l’autorité appliquée aux nations modernes, por C. Bernard, 1861; capítulo II: Situation politique de l’Europe.

IX

Prueba evidente de lo que decimos se halla en la notable circunstancia de ser hoy la escuela americana la única que en el campo de la ciencia social concibe la verdad y la proclama netamente en Inglaterra y en Francia. Ya en tiempos pasados, durante la revolución francesa, era también la escuela americana la que señalaba la senda que la revolución debía seguir para reconstruir la sociedad y el Estado.

Su voz fué ahogada por las ilusiones de los revolucionarios, por los errores que habían tomado de Rousseau y de otros filósofos ilusos, por el terror en que fundó su imperio el pueblo soberano, que á su turno pretendía ser también absoluto, como lo habían sido sus monarcas, cuyo absolutismo decapitaba en Luis XVI. Más tarde, cuando el poder omnímodo del pueblo había cedido su puesto al imperio del nuevo César, y éste había dejado el suyo á la monarquía constitucional; cuando los embusteros políticos de 1830 llegaron á la escena con el propósito de reconstruir con sus paradojas el poder enérgico, centralizado y tutelar de la monarquía latina sobre el engaño del pueblo y por medio de la farsa y de la prestidigitación; entonces reaparece otra vez la escuela americana y se hace oir y respetar en la voz potente del inmortal Tocqueville.

Es cierto: él no comprendió bien la causa de la existencia y del progreso de la República democrática en los Estados Unidos. Laboulaye ha tenido razón de exclamar: “¡Cosa extraña! M. de Tocqueville no supo desprenderse del sentimiento aristocrático que le dominaba. Busca la causa del prodigioso espectáculo que tiene á la vista ya en la raza, en el país, en la creencia, en la educación, en las instituciones, mientras que un solo principio, una misma ley se lo habría explicado todo”.