Esto es revolverse sin cesar en un círculo vicioso de errores, esto es desatentarse, perturbarse como el ave de los bosques que se siente atraída por la irresistible aspiración del boa que la domina desde su espantosa guarida; la monarquía los perturba y los envuelve en su pestilente aliento, sin que tan siquiera la inteligencia pueda desplegar sus poderosas alas para tomar el vuelo y escaparse.
Y ¿esa es la Europa que puede ser la maestra política de la América? ¿Sus pueblos esclavos, sus instituciones caducas, dictadas por el espíritu infernal de la fuerza, que sólo cede y transige cuando la fuerza bruta de los esclavos le inspira miedo; sus publicistas preocupados, sus políticos dominados pueden presentarnos modelos que imitar, lecciones que aprender, máximas que reverenciar? ¡Mil veces no! ¡Ay de los americanos que así se engañen! Bastante cara hemos pagado ya la inocente aspiración de buscar la luz de la política y de la moral en las tinieblas del Viejo Mundo!
¡Qué de males no nos han causado las teorías y los fascinadores errores que hemos aprendido de la Europa, creyendo que en nuestras repúblicas podían ensayarse los arbitrios á que apelaba la monarquía europea para conservarse, y los expedientes á que recurrían sus enemigos para salvarse de ella!
¡Mucho hemos padecido en cincuenta años de lucha pertinaz y sangrienta para consolidar la república democrática! Pero, ¿qué nuevo sistema se ha hecho paso jamás sin dolor? El gobierno federal y casi individual de los bárbaros no se hospedó en los dominios de Roma sino después de haber destruido á sangre y fuego la monarquía latina.
Ésta no reapareció triunfante con los reyes cristianos, sino después de una guerra atroz contra los señores feudales, y no principió á modificarse en el presente siglo, sino después de las revoluciones sangrientas que espantaron á la Europa al mismo tiempo que la América se emancipaba.
Los contemporáneos europeos que cierran la historia de sus antepasados y que enmudecen su memoria para imaginarse que no les ha costado una gota de sangre llegar á la situación en que se hallan, que aunque todavía degradante y vergonzosa es, sin embargo, mejor que la que sufrieron sus padres, vociferan contra nuestras revoluciones y nos suponen sumergidos en la barbarie y la anarquía, sin darse por entendidos de que nosotros elaboramos su porvenir y de que de nuestros sacrificios ha de resultar el triunfo del nuevo dogma político que los ha de sacar á ellos de la esclavitud. Esa injusticia nos honra.
La humanidad es constitucionalmente ingrata y desconocida. No importa. Lo que hay de cierto en el fondo de nuestra situación, que de ninguna manera es anárquica, sino convulsiva y agitada, como la de todo período de formación y de nacimiento, es que no hay día en que no conquistemos ó que no consolidemos un derecho, de esos que hoy sólo divisan en lontananza los sabios europeos, y que todavía son ignorados de sus pueblos. Las convulsiones pasan en pocos días, los despotismos á la europea que se levantan no alcanzan á respirar, y entre tanto, la libertad religiosa, la del pensamiento, la de asociación, la de enseñanza, los derechos individuales prenden aquí y allá, se hacen una realidad, sin violencia, sin causar novedad, sin que haya reyes que se espanten, y sin que las preocupaciones que nos legó la vieja Europa y que nos inspira todavía tengan aquí bastante fuerza para reaccionar con buen resultado, ni aun para atajar al derecho en su marcha triunfal, ni eclipsar la verdad, que se irradia hasta en los más recónditos pliegues de la sociedad.
Pero ya nos llegará el tiempo de estudiar esas revoluciones y nuestra situación, en la segunda parte y en la tercera de nuestro libro. Entretanto repetiremos que el Nuevo Mundo es el mundo de la luz y que es la Europa la que tiene que aprender de la ignorada y calumniada América.
NOTAS:
[14] Se comprende lo de la Iglesia libre, si con esta expresión se quiere significar que la Iglesia, como esfera de la actividad social en que se ejercita la idea fundamental de la religión, debe ser independiente de todo poder extraño; pero no se comprende lo que significa la Iglesia libre en el Estado libre. Estado libre, según el derecho internacional, es el que no depende de otra potencia; y no deja de ser libre aunque tenga una religión ó proteja todos los cultos. Se quiere que el Estado no haga esto, para que pueda existir la libertad religiosa.