“¿Saben esos gobiernos adónde marchan?...
“¿Cuál es el gobierno que cree haber dotado á sus pueblos de instituciones convenientes? ¿Cuáles son, cómo se han hecho las constituciones que hoy presiden los destinos de la Europa? ¿Son la obra de los mejores espíritus? ¿Han sido concebidas con independencia, en la calma de una situación tranquila? ¿Son ellas el fruto de la reflexión y de la experiencia? ¿No han sido, por el contrario, redactadas todas ellas bajo el pánico de las revoluciones, bajo la compresión de los partidos?
“En general no se ha hecho más que calcar á toda prisa las constituciones impotentes de los Estados vecinos, derivadas, la mayor parte, de la Carta inglesa, la cual no es otra cosa que una olla podrida de diversos sistemas, formada al azar, en diversas épocas calamitosas, amalgama informe de monarquía, de feudalismo y de democracia, sin otro resorte que el de la corrupción, sin otro resultado que la miseria del mayor número, sin otro porvenir que la insurrección. Todas estas constituciones indistintamente no pueden finalizar sino por catástrofes, y, sin embargo, á cada trono que se desmorona nos mostramos más incorregibles, y recurrimos á los mismos antídotos. ¡No se sabe más!”...[19].
Tal es la pintura más exacta que podemos tener de la situación política de esa Europa que nos acusa á nosotros de vivir en la anarquía. Al fin los americanos sabemos á qué atenernos; nuestras revoluciones no destruyen, sino para reconstruir la autoridad sobre el derecho, para afianzar la democracia, que se desdeña y se teme en Europa; nuestros despotismos no se mantienen en su efímera existencia sino á trueque de transigir con algún derecho, ó á nombre de algún interés social, nunca de una dinastía ó de un individuo, jamás á nombre de un absurdo ó de algún fantasma político de esos que avergonzarían á la Europa, si fuera capaz de conocer su deformidad.
Laboulaye nos da también testimonio de aquella situación desgraciada, y hablando del descrédito de las instituciones políticas, revela una causa más profunda del mal; tal es el abandono, la abyección en que han caído los pueblos.
“Es notable—dice—que hoy no se hable ya de libertades políticas. Hace treinta años que no había un hombre bien educado que no hubiera hecho una Constitución política. Las cuestiones á la orden del día eran la naturaleza del poder real, el derecho de paz y de guerra, la iniciativa de las cámaras, la responsabilidad de los ministros y de los agentes del poder, la jurisdicción administrativa; hoy no tienen ya eco semejantes discusiones. De esta diferencia se podría dar más de una razón; pero hay una que me hiere entre todas, y es que nosotros hemos tenido tales decepciones, que ya no atribuimos más que un valor mediocre á las teorías políticas. Sentimos por instinto que con dos cámaras, la tribuna y la prensa, un pueblo será libre si el espíritu público está vivo, si la opinión es activa; pero sentimos también que los diputados y los diarios no servirán de nada á un pueblo que se abandona y que no tiene el gusto de la libertad”.
Esto dice uno de los escritores liberales más irreprochables de Europa.
Pero ¿qué significa ese abandono de las garantías políticas y esa pasión por las libertades civiles, sino un lamentable retroceso? Los grandes escritores europeos, así como los pueblos, que en otro tiempo buscaron los derechos de que están despojados en la forma de gobierno, creen hoy que pueden obtenerlos de cualquiera, de la monarquía absoluta misma, si hay una ley que se los conceda por favor.
No ven más que la fuerza, demasiado grande, del Estado absoluto, “fuerza que no existe sino á expensas de la dignidad y de la libertad del hombre”, y desde el protestante Eœtvœs hasta el católico Montalembert, desde el filósofo Humboldt hasta el publicista Laboulaye, reclaman la emancipación del individuo y de la sociedad, y la buscan, no ya en las formas representativas ni en las garantías que dan los derechos políticos, sino en un Estado que sea bastante fuerte y poderoso para concederles la paz, con tal que deje á la sociedad sus derechos y libertades civiles.
Es decir: buscan la solución del problema en la coexistencia de la monarquía actual, de la monarquía latina, que es la causa de los males que lamentan, con las libertades individuales; como si pudieran coexistir el asesino con su víctima, el vampiro con la indefensa res cuya sangre chupa. Porque la Declaración de los derechos del hombre no pasó de ser un programa brillante de 1789, que la soberanía absoluta del pueblo borró con sangre, creen que la soberanía que piensan limitar en manos de los monarcas no sería también capaz de ahogar las leyes que otorgaran esos derechos. Porque todas las constituciones que han prometido esos derechos no han alcanzado á darlos creen que los darían los reyes gobernando sin la representación del pueblo que esas constituciones les obligaban á respetar. Porque las revoluciones de la libertad han fracasado en la inexperiencia y en la ignorancia de los esclavos que rompían sus cadenas para sublevarse, creen que las garantías políticas y civiles dejarían de ser una fórmula vana en manos de un poder enérgico y centralizado que tuviera hoy la condescendencia de otorgarlas, para arrepentirse mañana y revocar su concesión; creen aún que el imperio del golpe de Estado, que su Constitución de 852 es bastante elástica, como dice Laboulaye, para que se preste sin trabajo á todo lo que la opinión exige.