No exageramos: esa es la verdad que nos revelan todos los escritores que miran con ojos imparciales la actual situación política de la Europa. “Echemos una ojeada sobre la situación general de los espíritus y verifiquemos las causas de nuestro malestar—dice Bernard—. En la impotencia de los gobiernos para remediarlos, los pueblos y los reyes viven en un estado de sospechas recíprocas muy poco lisonjero.
“Los pueblos piden reformas que creen necesarias, y los legisladores se obstinan en rehusárselas: de allí el descrédito de los gobiernos y el odio con que arrastran; de allí esas sangrientas represiones de la opinión pública; de allí esa lucha incesante y terrible que ha trastornado tantos tronos, que amenaza á los que subsisten y que se lleva hasta el aflictivo extremo de que los súbditos combatan al Poder como combatirían á un enemigo...
“La Constitución de un Estado, como la del individuo, ejerce la mayor influencia en su porvenir. Ella es la que decide si la razón individual prevalecerá sobre las inclinaciones groseras y la razón pública sobre el egoísmo de los intereses privados. La Constitución política declara á quién pertenece la autoridad, es decir, cuál es la razón que debe gobernar al Estado, si la de un solo individuo, la de algunos ó la de todos. Por consiguiente, las leyes fundamentales presiden los destinos del Estado y deberían ser objeto de predilección de los estudios de un pueblo previsor.
“Al contrario, no hay error más acreditado que el que pretende que las leyes fundamentales y las cuestiones de política deben ser indiferentes á los ciudadanos, porque las sociedades, como los individuos, viven con toda especie de constitución.
“¿Acaso las sociedades y los individuos no están en este mundo más que para vivir, cualquiera que sea la atmósfera que respiren? ¿Viven de la misma manera el hombre moral y el libertino, el criminal y el justo, el rico y el indigente, el cuerdo y el insensato? ¿Las naciones libres y poderosas arrastran la misma existencia vegetativa que las tribus bárbaras y los pueblos oprimidos?
“Las naciones pueden subsistir bajo todo régimen, como los piratas y los cretinos, con todas las imperfecciones físicas y los vicios imaginables; pero el hombre, y con más razón el cuerpo social, es más dichoso á medida que posee mayor suma de elementos de felicidad, y sobre todo inteligencia más perfecta. El gobierno es el alma de las sociedades: la Constitución es su evangelio político. ¡Oh! ¿Cómo podría ser extraña á la felicidad de los súbditos la ciencia de las leyes orgánicas?...
“La opinión universal no se ha pronunciado todavía sobre las causas de nuestro malestar. Lo único en que está positivamente de acuerdo es en que la situación política de la Europa, en general, no es buena, que no hemos llegado al grado de perfección gubernamental que podemos alcanzar haciendo todos nuestros esfuerzos.
“En odio de la democracia se retrograda hasta el derecho divino, y por aversión al derecho divino se va hasta soñar en el aniquilamiento de toda autoridad. Para comprimir la voluntad nacional la usurpación recurre á la obediencia ciega y pasiva del soldado, mientras que el pueblo, para refrenar al usurpador, se hace matar en las barricadas. Así: ‘abolición de la autoridad, resistencia al Poder’ es el reverso de la medalla en que está escrito: ‘derecho divino, desprecio de los gobiernos para la opinión pública’. El exceso de los unos es la consecuencia natural del exceso de los otros. Si el poder no transgrediera sus atribuciones, nadie pensaría en abolirlo...
“¡La incertidumbre! ¡He ahí el mayor de nuestros males! Los gobiernos no saben qué reprimir y provocan sin cesar las represalias. Si triunfan, recurren á las precedentes vejaciones, que producen nuevos levantamientos; mientras que las revoluciones victoriosas se contentan con demoler. Pero demoler y perseguir no es gobernar; gobernar es mejorar; y si se sabe lo que se debe destruir, porque el malestar general lo repite diariamente, no se sabe lo que se debe reconstruir.
“Y cuando en tan aflictiva situación se divisa en el horizonte un faro en que aparece escrito: democracia, y cuya inscripción secular indica el verdadero camino de la prosperidad de los pueblos, nuestros estadistas, en vez de acercarse con prudencia, juiciosamente, á examinar lo que alumbra ese fuego lejano, se precipitan locamente á extinguirlo y persiguen á sus guardianes, como para favorecer con las tinieblas de la ignorancia esas luchas estériles y sangrientas que desgarran nuestro seno, y en cuyo espectáculo parece que se complacen.