XI

Después de este estudio histórico de la idea fundamental del Estado, que acabamos de extractar en lo substancial, Laboulaye se ha dirigido naturalmente á estudiar la historia de la idea de la libertad. En su opúsculo sobre la Libertad antigua y la libertad moderna investiga el curso de esta idea y su significado desde los griegos, porque es necesario remontar hasta ellos para estudiar la política, es decir, la ciencia del gobierno.

La palabra libertad no tiene el mismo sentido entre los antiguos que entre los modernos; y por no haber hecho esta distinción, Rousseau y Mably se han extraviado, y sus discípulos extraviados y fanáticos nos han hecho pagar bien caro el error de sus maestros. Entre los griegos la sociedad se divide en hombres libres y en esclavos. Estos últimos no son sino instrumentos vivientes, animales domésticos que la ley no reconoce.

Entre los hombres libres, el legislador y el político no consideran sino á los que no viven de un trabajo manual, y que, por consiguiente, pueden entregarse enteros á los negocios generales. El artesano, para Aristóteles, no es sino un esclavo bajo otro hombre; él sirve al público, y jamás en una República perfecta se hará un ciudadano de un obrero[30]. Las gentes desocupadas, los propietarios que viven de su renta y del trabajo de sus esclavos, son el elemento activo de la ciudad. El resto se ha hecho para obedecer. La más democrática de las repúblicas griegas no es sino una estrecha aristocracia. Este pueblo de privilegiados es soberano, es el que hace las leyes, decide de la paz y de la guerra, nombra á los generales y á los magistrados, y en caso necesario los destituye y los juzga. Esta soberanía que se ejerce en la plaza pública es lo que Aristóteles y los griegos llaman libertad. Ser libre en las repúblicas griegas es ser miembro del soberano.

Tal es la misma idea que reina en Roma, con la diferencia de que en los bellos días de los Scipiones el patriciado y la nobleza tienen un poder que Atenas no conoció.

Del principio de que la libertad es la soberanía y de que el pueblo es rey, resulta un conjunto de usos y de leyes que nos admira á primera vista, y que, sin embargo, no es sino un resultado lógico de aquel principio. Si es una verdad que el rey no es dueño de sí y pertenece al Estado, la religión, la educación, las ideas, la fortuna del príncipe son cosas del interés público.

Transportad esta idea á Atenas, pensad que el príncipe es la reunión de los ciudadanos y no os admiréis de que la ley regle la religión, la educación y hasta la propiedad del último de los atenienses. De aquí ese espectáculo extraño de un pueblo que era libre hasta la soberanía en lo tocante al gobierno, y esclavo respecto de la religión, de la educación, de la vida entera. Esparta se creía libre y no era más que un convento de soldados: los griegos y los romanos no supieron lo que eran derechos individuales.

Ser alternativamente y algunas veces á un tiempo gobernante y gobernado, soberano y súbdito, tal es el ideal de la libertad antigua. Esto es lo que nos explica cómo entre los griegos y los romanos se pasaba sin transición de la extrema libertad hasta la extrema servidumbre.

Bastaba que un tirano se apoderase del poder, para que inmediatamente se estableciera el despotismo; la única garantía del ciudadano era su parte de soberanía. Desde el día en que Sila se apodera del poder, la tiranía entra á Roma para no salir jamás.

Todo calla en presencia del señor del mundo: la conciencia, la inteligencia, el trabajo, religión, educación, letras, comercio, industria, todo está en las manos del emperador el día en que el pueblo, voluntariamente ó no, ha transmitido á los Césares su soberanía.