Si Jesucristo no hubiese aparecido sobre la tierra, no se comprende cómo se habría salvado el mundo de aquel despotismo que lo ahogaba: él aconsejó la obediencia al poder establecido; pero proclamó un principio nuevo, en contradicción de todas las ideas antiguas, cuando dijo: “Volved á Dios lo que es de Dios”. Fué la soberanía de Dios lo que rompió para siempre la tiranía de los Césares.

En efecto: desde el día en que esa soberanía fué reconocida hubo deberes, y, por consiguiente, derechos para el alma inmortal, derechos y deberes independientes del Estado, sobre los cuales el príncipe no tenía autoridad. La conciencia se emancipa, el individuo existe.

Al día siguiente del Evangelio hay, pues, frente á frente, dos concepciones políticas: á un lado la antigua teoría que toma la soberanía por la libertad, y según la cual el Estado es uno; al otro la idea nueva, que da el primer rango á la conciencia del individuo, el sistema que reduce el papel del Estado á una misión de justicia y de paz. En la teoría pagana la soberanía es absoluta; en la teoría cristiana ella tiene derechos limitados, deberes ciertos; hay una esfera en que no puede entrar: el alma no le pertenece.

Entre estas dos ideas, la una pagana y la otra cristiana, se estableció desde el tiempo de los apóstoles una lucha que dura todavía en los espíritus, y, por consiguiente, en las instituciones. La mayor parte de los políticos modernos, y no los menos célebres, están todavía infectados de la vieja levadura de la antigüedad.

La teoría pagana triunfó con Constantino, que hizo cesar el divorcio necesario de la conciencia y el Estado, restableciendo la unidad del gobierno, y haciendo entrar á la Iglesia en el cuadro del imperio. Constantino estableció esa alianza íntima de la Iglesia y el Estado que ha sido el gran error de la Edad Media, y bajo el cual desapareció la libertad individual, proclamada por el cristianismo.

La idea de la libertad reaparece con los bárbaros, pero bajo una forma diferente. Una vez dueños del Imperio, ellos organizaron la soberanía á su modo, ó, mejor dicho, la destruyeron para reemplazarla por la idea de la propiedad. La libertad para los bárbaros fué el dominio; la independencia y el poder estaban en la propiedad. De allí salió el feudalismo, ese régimen que se puede vituperar ó elogiar, según el punto de donde se le mire.

Se habla de los propietarios: iglesias, universidades, barones feudales, municipalidades, corporaciones, por todo hay una libertad de acción que hoy se podría envidiar; se habla de los no propietarios: siervos, villanos, en todas partes opresión y miserias infinitas. Pero si ese régimen es odioso para nosotros, es necesario reconocer que en él había gérmenes excelentes, que los monarcas han extinguido y de los cuales los ingleses han sacado todas sus libertades. En Inglaterra se reforman poco á poco los abusos, elevando á las clases oprimidas al rango ó á los privilegios de la nobleza; mientras que en el continente se restableció violentamente la antigüedad, nivelándolo, abatiéndolo y arrasándolo todo.

¿Cómo se restablecieron las tradiciones imperiales y antes que todo paganas? Fué la Iglesia la que tomó la herencia romana. La unidad le era cara, porque era para ella la condición de la verdad. La Iglesia quiso reemplazar al imperio antiguo por la unidad de la fe y dar á todos los cristianos una misma patria, que sería la cristiandad.

Esta era una idea que no carecía de grandeza y fué sostenida por nobles espíritus. Los papas no ahorraron nada por civilizar á los germanos. El derecho canónico refundió las ideas romanas, germánicas y cristianas; y esto era una obra excelente; sería pueril negar que la Iglesia ha educado y civilizado á las naciones modernas; pero el error de los papas consistió en tomar de modelo al pasado y resucitar la política de los Césares. No contentos con conservar en las diócesis los cuadros de la administración romana, se imaginaron, y la Iglesia con ellos, que pertenecía á la autoridad material la incumbencia de guardar y mantener la verdad.

En lugar de comprender la unidad á la manera del Evangelio, como el acuerdo moral de las almas en la misma fe y en el mismo amor, la Iglesia quiso establecer la uniformidad á la manera pagana, haciendo decretar la verdad como una ley por los concilios, haciéndola respetar como una ley con la ayuda de la fuerza y del verdugo.